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Los mejores comentarios de GABULLS

Mensaje escrito por GABULLS el 25/10/2017 06:58:25 pm - Puntaje: 67 
[image]http://bucket1.glanacion.com/anexos/fotos/89/julio-de-vido-detenido-2557889w620.jpg[/image]

Mensaje escrito por GABULLS el 01/12/2017 11:21:07 am - Puntaje: 42 
Chile, Italia, Holanda y EEUU. PD: donde dice Grupo de la Muerte debió decir Grupo de los Muertos.

Mensaje escrito por GABULLS el 23/06/2018 03:23:43 pm - Puntaje: 41 
Un periodista ruso le pregunta a Maradona si el equipo del 86 le ganaria a Islandia. -Sí, 1 a 0. -le dice Diego. -Sólo 1 a 0? -le repregunta el periodista- -Y sí..., es que ya estamos cerca de los 60 años, maestro.

Mensaje escrito por GABULLS el 13/11/2017 05:11:46 pm - Puntaje: 30 
Impresionante [youtube]kgaO45SyaO4[/youtube]

Mensaje escrito por GABULLS el 21/12/2017 06:55:27 pm - Puntaje: 28 
Si Subdivx está ``desde el principio´´ no veo por qué no pueda llegar ``hasta el final´´.

Mensaje escrito por GABULLS el 20/02/2018 07:23:22 pm - Puntaje: 28 
[image]http://fotos.subefotos.com/50d1a90281b62fe64320f276f81aa338o.png[/image]

Mensaje escrito por GABULLS el 25/06/2018 01:49:42 pm - Puntaje: 26 
Stevie Ray Vaughan - Riviera Paradise [youtube]V8wtZeVAa9I[/youtube]

Mensaje escrito por GABULLS el 27/11/2017 04:35:24 pm - Puntaje: 25 
Otro cuento breve, para leer directo desde el foro, esta vez del más exitoso del terror. Una pequeña historia imposible de olvidar, por más de un motivo... Que la disfruten, amigos. POPSY de Stephen King Sheridan circulaba despacio por el largo y vacío paseo del centro comercial cuando vio salir al pequeño por la puerta principal, justo debajo del letrero luminoso de COUSINTOWN. El niño tendría quizá unos tres años, aunque estaba bastante desarrollado para esa edad, pero seguro que no pasaba de los cinco. Llevaba en el rostro una expresión con la que Sheridan había llegado a armonizar exquisitamente. El pequeño intentaba no echarse a llorar, aunque no tardaría mucho en hacerlo. Sheridan vaciló un momento sintió la suave y conocida oleada de desprecio por sí mismo… pero cada vez que se llevaba un niño, esa sensación se hacía menos urgente. La primera vez, había pasado una semana con insomnio. No dejaba de pensar en aquel enorme y grasiento turco, que se hacía llamar señor Mago, y no cesaba de preguntarse qué hacía con los niños. —Van a pasear en barco, señor Sheridan —le había respondido el turco. Aunque aquello, a sus oídos, sonó más bien a Ven a bassaar an berco, siño Sheridan. El turco sonrió. Y si sabe lo que le conviene, no haga más preguntas, le dijo aquella sonrisa, y luego lo hizo en voz alta y clara, sin acentos. Sheridan no había vuelto a preguntar más, aunque eso no significaba que no hubiera seguido intrigado. Le daba vueltas y vueltas, con el deseo de poder volver atrás para darle más y más vueltas, para alejarse de la tentación. La segunda vez lo había pasado tan mal como la primera… la tercera, ya un poco menos… y a la cuarta, ya había dejado de formularse preguntas sobre el «basseo en berco» y qué esperaba a los niños al final del recorrido. Sheridan estacionó la furgoneta en uno de los lugares señalizados para tal fin que había justo delante del centro comercial casi siempre aparecían vacíos porque estaban reservados para los inválidos, eso impedía que los agentes de seguridad del centro comercial sospecharan nada además, esos estacionamientos resultaban muy apropiados. «Siempre finges que no saldrás a buscar, pero luego robas una placa de inválido uno o dos días antes». ¿Qué más daba toda esa basura? Se encontraba en un aprieto y ese crío podía sacarle de él. Se apeó de la furgoneta y se dirigió hacia el niño, que miraba a su alrededor con un pánico cada vez más azorado reflejado en el rostro. «Sí —pensó—, tiene cinco años, quizá seis… aunque es un tanto delgaducho». Bajo el intenso brillo de los fluorescentes que se filtraba por las puertas de cristal, el niño se veía pálido y enfermizo. Quizá estuviera enfermo de verdad, pero Sheridan supuso que sería a causa del susto. El pequeño miraba, esperanzado, a la gente que pasaba por su lado personas que entraban en el centro comercial, deseosas de comprar, y que salían cargadas de paquetes, con rostro aturdido, como drogadas, y con un aspecto que tal vez consideraran como de satisfacción. El niño, que vestía unos tejanos lavados a la piedra y una camiseta con el anagrama de los Penguins de Pittsburgh, buscaba ayuda buscaba a alguien que se fijara en él y notara que algo iba mal buscaba a cualquier persona que le formulara la pregunta adecuada: «¿Has perdido a tu papá, hijo?», por ejemplo buscaba un amigo. «Aquí estoy —pensó Sheridan mientras se acercaba a él—. Aquí estoy, hijito. Yo seré tu amigo». Estaba a punto de abordar al niño cuando vio que, por el vestíbulo, un guardia de seguridad del centro comercial se dirigía despacio hacia las puertas. El hombre buscaba algo en el bolsillo, quizá un paquete de cigarrillos. El tipo saldría, vería al niño y le arruinaría el negocio a Sheridan. «¡Mierda!», pensó Sheridan, pero, al menos, cuando el policía saliera no lo pescaría hablando con el niño. Hubiera sido peor. Sheridan retrocedió un poco y se dedicó a buscar en sus propios bolsillos, en un intento de fingir que se aseguraba de tener las llaves. Su mirada pasó rápidamente del niño al guardia de seguridad y de éste al niño de nuevo, el cual había comenzado a llorar. No lo hacía a gritos, aún no, pero los lagrimones, que parecían rojizos bajo el resplandor del letrero del CENTRO COMERCIAL COUSINTOWN, le resbalaban por las suaves mejillas. La joven del mostrador de «información» le hizo una seña al guardia y le dijo algo. Era guapa, morena, de unos veinticinco años el agente tenía el pelo de un color arena y lucía bigote. Cuando se acodó en el mostrador y sonrió a la chica, a Sheridan se le ocurrió pensar que se parecían a aquellos anuncios de cigarrillos que salían en las contraportadas de las revistas. «El espíritu de Salem». «Enciende mi Lucky». Él se moría ahí fuera y ellos, dentro, de charla. En ese momento, la chica hacía una caída de ojos. Qué monada. De repente, Sheridan decidió arriesgarse. El pecho del niño comenzaba a agitarse, y tan pronto como se pusiera a llorar a gritos, alguien repararía en él. No le hacía gracia actuar con un guardia a menos de doce metros de distancia pero si dentro las veinticuatro horas siguientes no cancelaba los pagarés que firmara en Reggie’s, un par de tipos muy fornidos irían a visitarle, y le harían una operación de cirugía improvisada en los brazos, para agregarle varios centímetros en cada uno. Se dirigió hacia el niño. Sólo era un hombre corriente, vestido con una vulgar camisa Van Heusen y pantalones caqui: un hombre con un rostro ancho y normal que, a primera vista, daba sensación de amabilidad. Se inclinó sobre el pequeño, con las manos apoyadas justo encima de las rodillas, y el chiquillo volvió su pálido y asustado rostro hacia el de Sheridan. Sus ojos eran verdes como las esmeraldas, y las lágrimas que los bañaban acentuaban su color. —¿Has perdido a tu papá, hijo? —le preguntó, amable Sheridan. —A mi Popsy —repuso el crío, al tiempo que se enjugaba las lágrimas—. ¡Mi papá no está aquí, y no… no puedo encontrar a mi Po… a mi Pooopsy! Rompió a llorar de nuevo, y una mujer que se disponía a entrar, se volvió a mirarle, con una vaga preocupación reflejada en su rostro. —No pasa nada —le dijo Sheridan. La mujer prosiguió su camino. Para tranquilizarle. Sheridan rodeó los hombros del niño con un brazo y lo condujo despacio hacia la derecha, en dirección a donde tenía la furgoneta. Luego, echó una mirada hacia el centro comercial. El guardia de seguridad tenía el rostro casi pegado al de la joven de información. Parecía como si hubiera algo bastante ardiente entre ellos… de no ser así, pronto lo habría. Sheridan se relajó. Tal y como estaban las cosas, si atracaran el Banco del vestíbulo, el poli no se enteraría de nada. Aquello empezaba a parecerle pan comido. —¡Quiero ir con mi Popsy! —lloró el niño. —Por supuesto, seguro que sí —dijo Sheridan—. Y vamos a buscarlo ahora mismo. No te preocupes. Condujo al niño un poco más hacia la derecha. El pequeño lo miró desde su escasa altura con un asomo de repentina esperanza. —¿Y podrás encontrarle? —¡Claro que sí! —exclamó Sheridan con una sonrisa—. Se podría decir que buscar Popsies perdidos es una de mis especialidades. —¿De verdad? El niño esbozó una ligera sonrisa, aunque sus ojos continuaron estando llorosos. —De verdad —respondió Sheridan. Se volvió a mirar de reojo al interior del centro comercial para asegurarse de que el guardia, al que apenas lograba ver (y quien apenas lograría ver a Sheridan y al niño si levantaba la vista), seguía subyugado. Y así era. —¿Cómo iba vestido tu Popsy, hijo? —Llevaba el traje —respondió el niño—. Casi siempre lleva su traje. Sólo una vez lo vi con tejanos. Hablaba como si Sheridan tuviera la obligación de saberlo todo sobre su Popsy. —Apuesto a que el traje es negro —aventuró Sheridan. Los ojos infantiles se iluminaron y lanzaron unos rojos destellos bajo el luminoso del establecimiento, como si sus lágrimas se hubieran convertido en sangre. —¡Lo has visto! ¿Dónde? Olvidadas las lágrimas, el niño, ansioso, se dirigió hacia las puertas de entrada, y Sheridan tuvo que hacer un gran esfuerzo para no agarrarle allí mismo. De nada le serviría. No podía montar un número. Debía evitar cualquier acción que la gente recordara más tarde. Tenía que meterlo en la furgoneta. Todos los cristales de ésta eran ahumados excepto el del parabrisas: incluso a un palmo de distancia, resultaba poco menos que imposible ver lo que iba en su interior. Lo primero era meterle en la furgoneta. Tocó al niño en el brazo. —Hijo, no lo he visto ahí dentro —dijo—. Sino por allá. Señaló hacia el enorme estacionamiento con sus interminables grupos de coches. En el extremo opuesto había un camino de acceso, y, más allá, podían verse los dobles arcos amarillos de McDonald’s. —¿Y para qué iría Popsy hacia allá? —inquirió el niño, como si Sheridan o Popsy, o quizá ambos, se hubieran vuelto completamente locos. —No lo sé —respondió Sheridan. Su mente funcionaba a toda velocidad avanzaba como un tren expreso, lo que hacía siempre que necesitaba llegar al punto en que debía dejarse de rodeos y zambullirse en la piscina con decisión o cagarla con toda honra. Popsy. Nada de papá, ni de papi, sino Popsy. El niño mismo le había corregido a él. Sheridan llegó a la conclusión de que Popsy sería el abuelo del pequeño. —Pero estoy seguro de que se trataba de él. Un hombre mayor, con un traje negro, cabello blanco…, corbata verde… —Popsy lleva la corbata azul —le contradijo el niño—. Sabe que es la que más me gusta. —Ya, puede que fuera azul —dijo Sheridan—. Con estas luces, nunca se sabe. Anda, sube a la furgoneta que te llevaré con él. —¿Estás seguro de que era Popsy? No entiendo para qué iría Popsy a un sitio donde… Sheridan se encogió de hombros. —Mira, niño —dijo—, si estás seguro de que no era él, será preferible que lo busques tú solo. A lo mejor lo encuentras cuando menos te esperas. Y se alejó de repente en dirección a la furgoneta. El niño no lo siguió. Sheridan pensó en regresar y volver a intentarlo, pero el asunto se había alargado demasiado o mantenía al mínimo las posibilidades de llamar la atención o tal vez consiguiera veinte años en Hammerton Bay. Era mejor que se marchara a otro centro comercial. A Scoterville, quizá. O a… —¡Eh, señor, espérame! Se trataba del pequeño. En su voz se traslucía el pánico. Se oyó el sonido sordo de las zapatillas. —¡Espera! Yo le había dicho que tenía sed. Supongo que iría hasta allí para buscarme algo de beber. ¡Espera! Sheridan se volvió, todo sonrisas. —Lo cierto es que no iba a abandonarte, hijo. Condujo al niño hasta la furgoneta, que tenía cuatro años y estaba pintada de un azul indefinido. Abrió la puerta y le sonrió el niño lo miró, dubitativo, con aquellos ojos verdes nadándole en su pálida carita. —Entra en mi reino —dijo Sheridan. No tenía problema con las tías, y tampoco con la bebida, porque sabía prescindir de ambas cosas cuando quería. Su problema lo constituían los naipes cualquier clase de naipes, con tal de que fueran del tipo que te permite entrar en juego cambiando billetes por fichas. Había perdido empleos, tarjetas de crédito, la casa que su madre le había dejado… Jamás había estado en la cárcel, al menos hasta ese momento: pero la primera vez que tuvo problemas con el señor Reggie, llegó a pensar que la cárcel, comparada con aquello, sería como una cura de reposo. Aquella noche había perdido un poco la razón. Llegó a la conclusión de que lo mejor era perder al comenzar la partida. Porque si perdía de entrada, se desanimaba y se marchaba a su casa, veía un rato a Carson en la televisión y, después, se acostaba. Pero cuando ganaba un poco al principio, seguía jugando. Esa noche, Sheridan había insistido, y acabado con una deuda de diecisiete mil dólares. Ni él mismo podía creérselo volvió a su casa aturdido, casi azorado por la enormidad de la cifra. En el coche, no cesaba de repetirse que al señor Reggie no le debía setecientos ni siete mil, sino ¡diecisiete mil dólares! Cada vez que ese pensamiento volvía a su mente, se echaba a reír a lo tonto y subía el volumen de la radio. Sin embargo, a la noche siguiente, no se echó a reír a lo tonto cuando los dos gorilas (los que le retorcerían los brazos de mil maneras, nuevas y curiosas, si no pagaba) lo llevaron al despacho del señor Reggie. —Pagaré —balbuceó Sheridan de inmediato—. Escúcheme, pagaré mi deuda, no hay problema sólo es cuestión de un par de días una semana o dos a lo sumo. —Me aburres, Sheridan —dijo el señor Reggie. —Yo… —Cierra la boca. Si te diese una semana, ¿crees que no me sé yo lo que harías? Le darías el sablazo a algún amigo y conseguirías unos doscientos dólares, si es que tienes algún amigo a quien recurrir. Si no logras encontrar un amigo, atracarás una tienda de bebidas… si es que tienes agallas para hacerlo, cosa que dudo, aunque todo es posible. —El señor Reggie se inclinó hacia adelante, apoyó la barbilla en las manos y sonrió. Olía a colonia Ted Lapidus—. Y si lograras conseguir doscientos dólares, ¿qué harías? —Dárselos a usted —había farfullado Sheridan, que a esas alturas estaba a punto de mearse en los pantalones—. ¡Se los entregaría de inmediato! —De eso nada —repuso el señor Reggie—. Te irías al hipódromo y tratarías de aumentar esa cifra. Y lo que me darías sería un montón de disculpas de mierda. Amigo mío, esta vez estás enterrado hasta las orejas. Más arriba de las orejas. Sheridan comenzó a lloriquear. —Estos muchachos podrían mandarte al hospital una buena temporada —dijo el señor Reggie en tono reflexivo—. Allí, te pondrían una sonda en cada brazo y otra en la nariz. Sheridan comenzó a lloriquear con más fuerza. —Voy a hacerte un favor —dijo el señor Reggie, y deslizó una hoja de papel doblada por encima del escritorio hacia Sheridan—, quizá llegues a entenderte con este tipo. Se hace llamar señor Mago, pero es una mierda igual que tú. Y ahora, ¡fuera de aquí! Pero dentro de una semana te haré volver y tendré tus pagarés sobre este escritorio. Cuando ese momento haya llegado, o me los cancelas o haré que mis amigos hagan contigo un buen trabajito. Y como Booker T. dice, una vez puestos, no paran hasta que se sienten satisfechos. En la hoja de papel aparecía escrito el verdadero nombre del Turco. Sheridan fue a visitarle, y se enteró de lo de los niños y los bassaos en berco. El señor Mago puso también una cifra que era bastante más elevada que la suma a la que ascendían los pagarés en poder del señor Reggie. Entonces fue cuando Sheridan empezó a moverse por los centros comerciales. Salió del estacionamiento principal del Centro Comercial Cousintown, comprobó que no pasaran coches, y se metió en el camino de entrada al McDonald’s. El niño iba sentado en el borde del asiento del acompañante, con las manos sobre las rodillas del tejano lavado, y los ojos agónicamente alertas. Sheridan enfiló hacia el edificio, hizo un giro muy abierto para evitar el carril de desvío y pasó de largo. —¿Por qué vas a la parte de atrás? —preguntó el pequeño. —Para ver las demás puertas —contestó Sheridan—. Quédate tranquilo, chico. Creo haberle visto ahí dentro. —¿De veras? ¿Lo dices en serio? —Estoy casi seguro. Una oleada de sublime alivio inundó el rostro del niño y, por un momento, Sheridan sintió compasión del pequeño: por el amor de Dios, que él no se consideraba ni un monstruo ni un maníaco. Pero esos pagarés habían ido aumentando de precio cada vez y el hijoputa del señor Reggie no sentiría el menor remordimiento si Sheridan decidía ahorcarse. Porque esta vez ya no eran diecisiete, ni veinte, ni siquiera veinticinco mil dólares. Esta vez tendría que conseguir treinta y cinco de los grandes si para el sábado siguiente no quería encontrarse con unos cuantos codos nuevos en los brazos. Se detuvo en la parte trasera, junto al depósito de la basura. No había nadie estacionado. Bien. En la parte interior de la puerta de la furgoneta llevaba una bolsa de plástico para guardar mapas u otros objetos. Sheridan metió la mano izquierda en él y sacó un par de esposas Koch de acero azulado. Estaban abiertas. —Oiga, ¿por qué vamos a parar en este sitio? —inquirió el niño. Lo preguntó con un tono de voz en el que se reflejaba otro tipo de miedo esa voz decía que tal vez haber perdido a Popsy en un centro comercial atestado de gente no era lo peor que podía ocurrirle. —En realidad no pararemos aquí —respondió Sheridan con cierta seguridad. La segunda vez que había hecho aquello aprendió en su propia carne que no es conveniente subestimar ni tan siquiera a un niño de seis años cuando le entra el pánico. El segundo crío le había encajado una patada en los cojones y a punto había estado de escapársele. —Es que me he dado cuenta de que no me he puesto las gafas para conducir. Podrían quitarme el permiso. Están en esa funda que hay en el suelo. Se ve que se han escurrido hasta ahí. ¿Quieres dármelas, por favor? El niño se agachó para recoger con la mano derecha la funda, que estaba vacía. Sheridan se inclinó y, con una limpieza de película, logró colocarle una de las anillas en la otra mano. Y ahí comenzaron los problemas. ¿Acaso no acababa de recordar que constituía un grave error subestimar incluso a un crío de seis años? El niño luchó como un gato montés se retorció con una musculosidad de anguila que Sheridan jamás hubiera creído posible en una bolsa de huesecitos como aquélla. Se retorció, luchó y se abalanzó hacia la puerta, entre resoplidos y extraños grititos, como de pájaro. Aferró el tirador. La portezuela se abrió de par en par, pero la luz del habitáculo no se encendió porque Sheridan, después de su segunda incursión, la había quitado. Agarró al niño por el cuello de la camiseta de los Penguins y tiró de él hacia dentro. Intentó enganchar la otra anilla de las esposas en el asa especial que había junto al asiento del acompañante, pero falló. El niño le mordió dos veces e hizo que le sangrara. Diablos, sus dientes parecían cuchillas. El dolor le llegó hondo y le recorrió el brazo con sus aceradas punzadas. Le propinó un puñetazo en la boca. Atontado, el pequeño cayó sobre el asiento la sangre de Sheridan, que le había manchado la boca y la barbilla, le goteaba sobre el cuello ribeteado de la camiseta. Sheridan cerró la otra esposa en el asa del asiento y luego se desplomó en el suyo, chupándose el dorso de la mano derecha. Le dolía mucho. Apartó la mano de la boca y se la miró bajo la débil luz del tablero de instrumentos. Dos cortes irregulares y poco profundos, de unos cinco centímetros de largo, partían desde encima de los nudillos en dirección a la muñeca. La sangre manaba en débiles hilos. No obstante, no sintió el impulso de volver a zurrar al niño, y aquello no tenía nada que ver con dañar la mercancía del Turco, a pesar del modo quisquilloso en que éste le había advertido que no lo hiciera: «astrobea la marcancía y astrobearás el brecio», le había dicho el Turco con su acento aflautado. No, no culpaba al chico por luchar él, en su lugar, habría hecho lo mismo. Tendría que desinfectarse la herida lo antes posible, en una de ésas, hasta necesitaría que lo vacunaran: había leído en alguna parte que las mordeduras de los humanos eran las peores aunque, en cierto modo, admiraba el coraje del pequeño. Metió la primera, rodeó el edificio de ladrillos, dejando atrás la ventanilla vacía de la entrada, y regresó al camino de acceso. Giró a la izquierda. El Turco tenía una enorme casa estilo rancho en Taluda Heights, en las afueras de la ciudad. Sheridan iría hacia allí a través de caminos secundarios, por si acaso. Cuarenta y cinco kilómetros. Tres cuartos de hora… una quizá. Dejó atrás un cartel que decía: GRACIAS POR COMPRAR EN EL PRECIOSO CENTRO COMERCIAL COUSINTOWN, giró a la izquierda, y puso la furgoneta a la velocidad perfectamente legal de sesenta kilómetros por hora. Sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón, se envolvió en él la mano derecha y se concentró en seguir las luces de los faros en dirección a los cuarenta billetes de mil dólares que el Turco le había prometido. —Te arrepentirás —dijo el niño. Impaciente, Sheridan se volvió a mirarle acababan de despertarlo de un sueño en el que había logrado veinte puntos seguidos y tenía al señor Reggie postrado a sus pies, con el culo a rastras, y le suplicaba que se detuviera ¿qué pretendía?, ¿acaso quería arruinarle? El niño lloraba de nuevo, y sus lágrimas seguían ofreciendo aquella extraña tonalidad rojiza. Por primera vez, Sheridan se preguntó si el crío no estaría enfermo…, si no tendría algo contagioso. A él tanto le daba, con tal de que no se le pegara y que el señor Mago le pagase antes de darse cuenta. —Cuando mi Popsy se entere, te aseguro que te arrepentirás —sentenció el chiquillo. —Ya —repuso Sheridan y encendió un cigarrillo. Salió de la Carretera Estatal Veintiocho y se metió por un camino alquitranado de dos carriles, sin señalizar. A la izquierda se extendía una amplia zona pantanosa, y a la derecha, unos bosques sin fin. El niño tiró de las esposas y sollozó. —Deja de llorar. No te servirá de nada. No obstante, el pequeño volvió a dar otro tirón. Esa vez, el sonido que emitió fue una especie de gruñido de protesta que a Sheridan no le gustó ni un ápice. Se volvió a mirar y se quedó atónito al comprobar que el asa metálica que había al lado del asiento, un puntal que él mismo había soldado, estaba completamente doblado. «¡Mierda! —pensó—. Tiene dientes como cuchillas y ahora voy y descubro que el chaval, además, es fuerte como un buey». Se detuvo junto al borde del camino y le gritó: —¡Para de una vez! —gritó. —¡No quiero! El crío se volvió a tirar de las esposas y Sheridan pudo advertir que el puntal metálico se doblaba un poco más. Dios santo, ¿cómo podía un niño hacer algo semejante? «Es el miedo —se contestó él mismo—. Por eso ha podido hacerlo». Pero ninguno de los otros había sido capaz de aquello, y a esas alturas, muchos habían estado en peores condiciones que ese crío. Abrió la guantera, que se hallaba en el centro del panel de instrumentos, y sacó una jeringuilla hipodérmica. El Turco se la había dado, y le había advertido que no debía hacer uso de ella a menos que fuera absolutamente necesario. Las drogas, le había dicho el Turco (había pronunciado drocas), podrían estropear la mercancía. —¿Ves esto? El niño asintió. —¿Quieres que la use? El niño meneó la cabeza y lo miró con los aterrados ojos desorbitadamente abiertos. —Eres listo. Muy listo. Porque te dejaría fuera de combate. —Hizo una pausa. No quería decirlo…, maldición, de verdad que él era un buen tío cuando no tenía el agua al cuello…, pero era preciso—. Incluso podría matarte. El niño se lo quedó mirando con fijeza, con los labios temblorosos y el rostro blanco como cenizas de papel de diario. —Si dejas de tirar de las esposas, yo no usaré la aguja. ¿De acuerdo? —De acuerdo —susurró el niño. —¿Me lo prometes? —Sí. El pequeño levantó el labio superior, lo que dejó a la vista sus blancos dientes. Uno de ellos estaba manchado con la sangre de Sheridan. —¿Lo juras por tu madre? —Nunca he tenido madre. —¡Mierda! —exclamó Sheridan, disgustado. Volvió a poner la furgoneta en marcha. Avanzaba a mayor velocidad ahora, y no sólo porque por fin hubiera podido salir del camino principal. El niño le daba miedo. Sheridan quería entregárselo al Turco, cobrar su dinero y largarse. —Mi Popsy es muy fuerte. —¿De veras? —preguntó Sheridan. Y pensó para sí: «Apuesto a que lo es, chico. El único tipo del asilo de ancianos que puede plancharse el braguero, ¿eh?». —Me encontrará. —Ajá. —Puede olerme. Sheridan tuvo la certeza de que le decía la verdad. Y tanto que podría oler al niño. Que el miedo tenía olor era algo que él mismo había aprendido en sus expediciones anteriores, pero éste era algo irreal: el niño olía a una mezcla de sudor, barro y ácido de batería en lenta ebullición. Sheridan abrió la ventanilla un poco. A la izquierda, el pantano no tenía fin. Unas lonchas rotas de luz de luna brillaban sobre el agua estancada. —Popsy sabe volar. —Seguro —repuso Sheridan— y apuesto a que vuela mucho mejor después de un par de botellas de licor. —Popsy… —Cállate, niño, ¿vale? El chiquillo guardó silencio. Seis kilómetros más adelante, el pantano se ensanchaba hasta formar una amplia laguna vacía. En aquel punto, Sheridan giró a la izquierda y se internó por un camino de tierra batida. A ocho kilómetros al oeste de allí giraría hacia la derecha rumbo a la Autopista 41, y desde allí, Taluda Heights estaba a un tiro de piedra. Miró de reojo hacia la laguna: una sábana plateada bajo la luz lunar… y, en ese momento, la luna desapareció. Borrada. Un sonido, parecido al que harían unas sábanas enormes al agitarse en el tendedero, le llegó de arriba. —¡Popsy! —gritó el niño. —Cállate. Era un pájaro. Pero, de pronto, le entró el pánico, un pánico inmenso. Miró al niño. El pequeño había vuelto a levantar el labio y tenía los dientes al descubierto. Eran unos dientes muy blancos, muy grandes. No…, grandes, no. Grandes no era el adjetivo correcto. «Largos» resultaba más apropiado. En especial los dos de arriba, a los lados. Los… ¿cómo se llamaban…? Los colmillos. De pronto, su mente volvió a levantar el vuelo, frenética, como si algo la estuviera acelerando. Le dije que tenía sed. ¿No entiendo para qué iría Popsy a un sitio donde…? «¿Comen? ¿Iba a decir comen?». Me encontrará. Puede olerme. Popsy sabe volar. Yo le había dicho que tenía sed y fue a buscarme algo de beber, fue a buscarme ALGUIEN para bebérmelo, fue a… Algo aterrizó sobre el techo de la furgoneta con un ruido amortiguado, torpe y pesado. —¡Popsy! —volvió a gritar el niño, casi delirante de dicha. Y, de pronto, Sheridan ya no pudo ver el camino: una enorme ala membranosa, recorrida por infinidad de pequeñas venas, cubrió el parabrisas de lado a lado. Mi Popsy sabe volar. Sheridan lanzó un chillido y pisó el freno a fondo con la esperanza de que la cosa que había caído sobre el techo saliera despedida hacia adelante. A su derecha, volvió a oír el gruñido de protesta del metal sometido a un gran esfuerzo, seguido otra vez de un breve y seco chasquido. Un instante después, el niño le enterraba los dedos en el rostro y le hacía un corte en la mejilla. —¡Me ha raptado, Popsy! —aullaba el pequeño hacia el techo de la furgoneta con aquella voz de pajarito—. ¡Me ha raptado, me ha raptado, este hombre malo me ha raptado! «No entiendo nada, niño —pensó Sheridan. Tanteó desmañadamente y encontró la jeringuilla—. No soy un mal tipo, la cuestión es que yo estaba metido en un lío… Joder, en otras circunstancias más adecuadas, yo podría ser tu abuelo…». Pero cuando la mano de Popsy, más parecida a una garra que a una mano de verdad, destrozó el cristal de la ventanilla y le arrebató la hipodérmica a Sheridan, junto con un par de dedos, comprendió que aquello no era cierto. Un momento más tarde. Popsy arrancó de cuajo la portezuela del lado del conductor y dejó las bisagras convertidas en dos trozos brillantes de metal retorcido. Sheridan vio una capa hinchada por el viento, una especie de pendiente y la corbata… sí, era azul. Popsy arrancó a Sheridan de la furgoneta y le clavó sus garras en los hombros, traspasándole la chaqueta y la camisa. De repente, los ojos verdes de Popsy se tornaron rojos como rosas de sangre. —Sólo fuimos al centro comercial porque mi nieto quería unas figuritas de los Transformers —murmuró Popsy, que despidió un aliento a carne podrida—. Los que anuncian por la televisión. A todos los niños les gustan. Debió dejarle en paz. Debió dejarnos en paz… ¡a los dos! Sheridan se sintió sacudido igual que si fuera una muñeca de trapo. Chilló y volvieron a sacudirle. Oyó como Popsy, solícito, le preguntaba al niño si seguía teniendo sed y al niño que le contestaba que tenía mucha sed, que el hombre malo le había asustado tanto que tenía la garganta demasiado reseca… Durante un segundo escaso, Sheridan vio la uña del pulgar de Popsy antes de que ésta desapareciera bajo el pliegue de su propia mandíbula: era una uña áspera, gruesa y brutal. Con esa uña le cortaron el cuello antes de que pudiera darse cuenta de nada, y lo último que vio, antes de que todo se tornase negro, fue al niño con las manos juntas formando cuenco para recoger el chorro (del mismo modo en que Sheridan, cuando era niño, había formado un cuenco con sus manos juntas bajo el grifo del patio trasero para beber agua una calurosa tarde de verano), y a Popsy, que acariciaba suavemente el cabello del pequeño con un cariño enorme en sus gestos.

Mensaje escrito por GABULLS el 05/12/2017 04:00:33 pm - Puntaje: 24 
[image]http://static.vix.com/es/sites/default/files/e/estos-son-todos-los-trabajos-de-homero-simpson
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Mensaje escrito por GABULLS el 21/11/2017 10:16:28 am - Puntaje: 21 
Inmediatamente después de decir que quiere rescatar al ARA San Juan el muy chanta se fue a joder con Maradona, como podemos ver en esta foto [image]http://media.diariopopular.com.ar/adjuntos/143/imagenes/001/445/0001445767.jpg[/image]

Mensaje escrito por GABULLS el 13/02/2018 08:18:51 pm - Puntaje: 21 
[youtube]fUyU3lKzoio[/youtube]

Mensaje escrito por GABULLS el 21/08/2017 08:15:14 pm - Puntaje: 20 
Cuentos cortos para leer directamente desde el foro. La idea me pareció interesante (aclaro que no fue mía) y como tengo montones de libros y cuentos en formato digital voy a ir subiendo algunos que me gustaron y espero disfruten tanto como yo. Primer thread y primer cuento: LA CAMADA RAMSEY CAMPBELL Ramsey Campbell ha residido toda su vida en Liverpool, y empezó su carrera como escritor en calidad de «protegido vía correo» transatlántico de August Derleth. Derleth publicó la primera recopilación de relatos de este autor en 1964, cuando éste sólo tenía dieciocho años. Desde entonces Campbell ha publicado varios libros más, incluyendo una recopilación de relatos muy alabada por la crítica, Demons by Daylight[4], y una excelente novela de horror, El parásito. Campbell enfoca el relato de horror contemporáneo de una forma opaca y sutil, teñida por una visión grisácea del mundo que a menudo suele tener el efecto acumulativo de una pesadilla de la que no es posible despertar. El relato que van a leer, ambientado en su Liverpool natal, conjura seres temibles en un entorno claramente urbano, con un tratamiento parecido al que recibe Nueva York en el relato de su amigo y compañero de género T. E. D. Klein. El cuento completo a continuación.

Mensaje escrito por GABULLS el 25/10/2017 08:59:30 pm - Puntaje: 20 
Me da mucha tristeza... [image]http://bucket3.glanacion.com/anexos/fotos/75/julio-de-vido-detenido-2557975w620.jpg[/image] ...que nos hayan robado tanto. Dinero e ilusiones.

Mensaje escrito por GABULLS el 30/10/2017 12:35:57 pm - Puntaje: 20 
Principales definiciones vivimos lamentándonos de nuestros errores, nos hemos mirado el ombligo permanentemente, una cultura que celebra la avivada No nos gusta endeudarnos pero menos mentirnos emitiendo papeles sin valor que generan inflación Demostrar que se pueden ganar elecciones haciendo política con decencia y erradicar el roban pero hacen funcionarios de todos los gobiernos colocan a parientes y puso como ejemplo a la Biblioteca del Congreso que tiene 1700 empleados, más que que las demás bibliotecas del mundo No hay más lugar para las estafas, aseveró y sumó el caso de un régimen de licencias muy generoso. Y allí, criticó las licencias de las que goza la Justicia, atendiendo hasta las 13:30 horas o que la Justicia esté parada 45 días al aludir a las ferias del mes de enero y de mitad de año. Déficit fiscal, jubilaciones y deuda El sistema previsional esconde serias inequidades y no es sustentable. No debería haber jubilaciones de privilegio Necesitamos menos impuestos y todo esto lo debemos lograr con equilibrio fiscal, se lo debemos a las próximas generaciones Tenemos que empezar una conversación adulta y honesta sobre nuestra sistema de jubilaciones y pensiones No nos gusta endeudarnos, pero menos mentirnos emitiendo dinero sin respaldo y generando inflación Calidad institucional y gremios Queremos un país donde la corrupción sea intolerable La sociedad ya no admite la impunidad No puede ser que haya más de 3.000 sindicatos en la Argentina y sólo 600 firmen paritarias anualmente Pobreza Es inadmisible que en un país con las condiciones estructurales que tenemos haya tanta gente en la pobreza No se trata de sacar o ajustar, sino de poder, de ceder en algo, para que gane el conjunto No hay manera de salir de la pobreza si no nos convertimos en un país exportador Los convoco a lograr entre todos consensos básicos: uno hoja de ruta que nos lleve a una Argentina más justa Inflación y juicios laborales Quiero proponerles un compromiso de todos para que nunca más volvamos a tener inflación La mafia de los juicios laborales es uno de los principales enemigos de la creación de trabajo en nuestro país Lamentablemente, tenemos impuestos que ningún país tiene, demasiado altos, con una distribución poco equitativa. La peor distorsión es la evasión fiscal

Mensaje escrito por GABULLS el 11/12/2017 08:17:11 pm - Puntaje: 20 
Otro cuento corto, para entretenerse un rato. Hace algún tiempo subí otro cuento con el mismo título ([link]http://bivosmallchurch.net/X12X78X224405X0X0X1X-cuentos-cortos-la-camada-de-ramsey-campbell.html
[/link][anchor_text]link al cuento[/anchor_text]), pero es de otro autor y el tema es muy otro. Coincidencias de la vida, a este otro ``La Camada´´ tampoco pude borrarlo de la memoria (tiene como 8 GB mi pc ). Que lo disfruten! LA CAMADA de James Kisner Harriet se había comportado de un modo extraño durante toda la tarde. A la menor provocación, echaba a correr de lado, con el lomo encorvado, y bufaba y escupía a todo aquel que se le acercara demasiado. Sé que los gatos son criaturas ambivalentes, de naturaleza cambiante, pero, normalmente, Harriet era muy cariñosa y juguetona. Llegaba incluso a permitir que nuestros dos hijos, de seis y tres años, le tiraran de la cola y la tratasen con jocosa rudeza durante horas y horas sin dar la más mínima muestra de desagrado por el trato recibido. Sin embargo, aquel día del «veranillo de San Martín», a principios de noviembre, Harriet parecía llevar el diablo en el cuerpo. Me disponía a llevármela al veterinario cuando el pequeño Ted me hizo ver algo que tenía que haber notado si hubiera sido más observador. —Harriet está «gorda» —dijo Ted, al tiempo que señalaba los flancos de la gata. Estaba preñada. Y, además, era la primera vez quizá por eso no consideré ese aspecto como posible explicación de su extraño comportamiento. —Harriet va a tener gatitos —dije a mi hijo—. Por eso no nos permite que la toquemos. ¿Lo entiendes? Ted se metió el dedo en la nariz y negó con la cabeza. Pam, su hermana mayor, asintió con aire de sabionda. —Harriet será mamá —comentó, muy seria—. ¡Qué responsabilidad! Me eché a reír y entré en casa para contárselo a mi mujer. —Ya sabía yo que esperamos demasiado para operar a Harriet —dijo Jean mientras cargaba el lavavajillas—. Ahora tendremos que buscarles casa a todos esos gatos. —No es tan grave —repuse, mientras admiraba el panorama que Jean me ofrecía al agacharse. A los treinta y cinco años. Jean conservaba una buena figura y me convertía en la envidia de un montón de hombres del vecindario cuyas esposas comenzaban a parecer desaliñadas. Su cabello castaño rojizo y sus ojos verdosos contribuían a darle el aspecto general de mujer que se hace más hermosa conforme madura. Se incorporó y se volvió para mirarme de frente. Estaba sentado a la mesa de la cocina, bebiendo una cerveza no muy fría, baja en calorías. —Lo cierto es que no recuerdo que estuviese en celo —dijo—. Me pregunto quién será el padre. —Por aquí hay un montón de gatos vagabundos —comenté—. Y Harriet es guapetona. Con su pinta no le habrá resultado difícil cazar a un marido. —Venga, no seas tonto —dijo Jean, dándome un ligero beso en la mejilla—. Siempre con el sexo metido en la cabeza. —¿Tienes alguna queja? Jean se limitó a sonreír y me preguntó: —¿Os apetece cenar bocadillos de queso a la plancha? No tengo ganas de preparar mucha comida. —Por mí, conforme. En cuanto a Harriet…, ¿no te parece que para los niños podría ser una experiencia educativa presenciar el milagro del nacimiento? Hizo una mueca. —Creo que todavía no tienen edad suficiente —respondió—, sobre todo Teddy. Quizá deberíamos llevar a la gata al veterinario. —¡Qué ridiculez! De pequeño, yo veía nacer animales cada dos por tres. No es necesario que protejas tanto a los niños. —Pero tú te criaste en una granja, Ted. —Pam ya sabe de dónde vienen los niños. Me parece que se sentirá engañada si no la dejamos presenciar el gran acontecimiento. —Pero si ni siquiera a mí me hace ilusión verlo. Me disponía a ofrecerle un argumento convincente cuando Pam entró a todo correr en la cocina, alborotada y sin aliento. —¡Papá! ¡Harriet está montando un cirio en el sótano! Date prisa o te lo perderás. —Demasiado tarde —dije—. Bien, Pam, enséñame dónde está Harriet. Con unas ropas sucias, la gata se había hecho un nido en un rincón del sótano, a unos metros de la parte posterior de la caldera. Di un respingo al comprobar que una de mis camisas preferidas formaba parte de la paridera. El pequeño Ted estaba de pie, junto al nido, con los ojos muy abiertos. —Ted, sube con mamá. —¿Harriet va a tener bebés? —Si, Ted, pero tú no debes ver cómo los tiene. Mamá dice que eres demasiado pequeño. Observé a Pam, que había adoptado un aire de fiera determinación no habría manera de que lograra convencerla de que se marchara, pero creí oportuno intentarlo para salvarme de una discusión posterior. —Pam, llévate a Ted a la cocina. —Yo quiero ver. —De acuerdo —suspiré—, pero antes llévatelo arriba. Luego puedes volver, si mamá te da permiso. Agarró a su hermanito de la mano y, sin decir palabra, le ayudó a subir la escalera. Yo esperaba que Ted protestara pero parecía confundido con lo que sucedía y no sentía tanta curiosidad. Me acerqué a la gata con precaución y me incliné para ver si ya había nacido algún gatito. La luz era tenue en aquella zona del sótano, pero logré distinguir dos siluetas por lo menos que se retorcían y luchaban por llegar a las tetas de la madre. Harriet era una gata amarilla y tenía una mancha blanca en la zona del vientre, sin embargo, los dos gatitos eran grisáceos. Observé como tres más salían rápidamente, y después la gata expulsaba la placenta. Harriet levantó la cabeza y me miró como suplicante. —No me mires así —dije—. Yo no te he metido en esto. Pam había regresado. —¡Vaya, me lo he perdido! —exclamó. —Pues ya se ha acabado todo. Será mejor que… —¿Y eso qué es? —inquirió señalando la placenta—. ¡Sí que es gordo! No se me ocurrió ninguna respuesta fácil. Me volví hacia Pam, me agaché para quedar cara a cara con ella, le puse las manos sobre los hombros y le expliqué: —Cuando los animales tienen hijitos, se… —y no supe cómo continuar. —¡Muy gordo! —exclamó, y añadió un par de sílabas extra a la palabra «gordo», que últimamente se había convertido en una de las palabras más utilizadas de su vocabulario. Miré hacia atrás. Yo esperaba descubrir a Harriet haciendo lo que es natural en muchos animales en cambio, vi algo para lo que no estaba preparado en absoluto. Los gatitos se estaban comiendo la placenta. —Eso sí que es gordo —reconocí. Después de llevar a Pam con su madre, regresé al sótano para echar otro vistazo. Esta vez enchufé el foco de emergencia y lo sostuve por encima del nido de Harriet. Casi de inmediato, las pupilas de sus ojos se convirtieron en unos puntitos negros. Noté un extraño olor que podía ser descrito como una mezcla de orina, sangre y podredumbre. Intenté respirar por la boca, me agaché y me acerqué a la paridera todo lo que mi atrevimiento me permitió. La placenta había desaparecido. La camada constaba de cinco animales, pero yo no los habría llamado gatitos. El color grisáceo que me había parecido entrever antes resultó ser el tono de la piel, porque ninguno de ellos tenía pelo. Sus ojos, que deberían haber estado cerrados, se encontraban muy abiertos y eran sonrosados. Carecían de cola, pero tenían pequeñas garras. Cielos, no parecían gatos… más bien se parecían a unos feos topos lampiños. Harriet no se había tomado la molestia de lamerlos para limpiarlos, y estaban cubiertos por una costra de sangre reseca. «Mutantes —pensé—, bastardos asquerosos». Por eso Harriet no los había limpiado: probablemente, cuando se diera cuenta de lo que eran, acabaría matándolos. Uno de ellos, tendido sobre el lomo, boqueaba hacia el techo, mientras movía las patas con desesperación, como si no lograra darse la vuelta. Tenía la boca muy abierta y advertí que los dientes eran largos, más parecidos a los de un animal adulto que a los de un gatito, y muy afilados. Se me revolvió el estómago. Pensé que, de un momento a otro, vomitaría el almuerzo. —Ted, ¿quieres subir? —gritó Jean desde lo alto de la escalera—. George quiere verte. —¿No puede esperar? Aquí abajo hay un verdadero desastre. —Dice que es importante. Parece preocupado. —¡Maldición! De acuerdo, ya voy. —Subí los peldaños de dos en dos, y cuando llegué arriba me encontré con Jean—. Arréglatelas como puedas —le dije—, pero no permitas que los niños bajen. No quiero explicártelo ahora mismo, pero Harriet nos ha hecho un regalo que no deseamos. Y no se trata de un ratón muerto. —¿Cómo? Después de analizar su estado de ánimo, agregué: —Será mejor que tú tampoco bajes. No te gustará un pelo. George era nuestro vecino más próximo. Vivíamos en unas parcelas en las que todas las casas tienen revestimiento de aluminio y garaje para dos coches. No había setos y las casas estaban construidas muy próximas, de manera que uno acababa aprendiendo a llevarse bien con los vecinos. George era un buen tipo. Trabajaba como ingeniero en una de las empresas locales de electrónica. Yo soy contable y cada año le ayudo a hacer la declaración de la renta, de manera que no existen demasiados secretos entre nosotros. Me esperaba frente a su garaje, una de cuyas puertas permanecía levantada. Había sacado la camioneta y la tenía estacionada en el sendero de entrada. George parecía incómodo sudaba a pesar de que apenas había dieciocho grados de temperatura ambiente. Rondaba los cuarenta años, como yo, y su cabello comenzaba a tornarse gris. Se encontraba en una excelente condición física: cada mañana corría para no aumentar de peso y mantenerse en forma. Yo le tomaba el pelo siempre porque tenía que correr para mantenerse en forma, mientras que yo era un tipo saludable sin necesidad de esforzarme tanto. —¿Qué ocurre, George? —le pregunté. —¡Dios santo, Ted, no vas a creértelo! Pasa y dime lo que piensas de esto. Me condujo al interior del garaje, a un rincón donde su perra dálmata estaba echada. Se hallaba tendida sobre una bolsa de dormir vieja y sucia y gemía quedo. También oí el agudo gemido de otra cosa que yacía junto a ella, una camada de… no, no se trataba de una camada de cachorros. —Fíjate en esas malditas cosas —me pidió George—. ¿Habías visto algo así en tu vida? Desde luego que sí. Los animales que la perra dálmata acababa de parir eran exactamente iguales a los de la camada de Harriet. Eran algo más grandes, pero, por lo demás, parecían un duplicado exacto. Había ocho en total. No tengo amplios conocimientos de biología, pero sé que existen ciertas cosas que se supone son imposibles. Los gatos tienen gatitos, y los perros tienen perritos. Maldita sea, así es como se supone que han de ser las cosas. Toda clase de ideas acudió a mi mente, pero ninguna de ellas me servía de respuesta aceptable a lo que estaba presenciando. ¿Sería producto de la contaminación del aire o del agua? ¿De la radiación? ¿De algo sobrenatural? ¿De algo proveniente del espacio extraterrestre? Negué con la cabeza. Yo no creía en todas esas tonterías. Creo en los números y en la ciencia, al menos hasta donde yo puedo entenderlos. Si algo no computa, no puede ocurrir. —Mira, George, quizá me esté volviendo majara, pero creo que esta camada es idéntica a la que Harriet acaba de parir. —¿Tu «gata»? —Sí. ¿Lo crees posible? —¿Me tomas el pelo? Porque, si es así, te advierto que no estoy para bromas. —De acuerdo, voy a enseñártelo. ¿Tienes un par de guantes por aquí? —¿Para qué? —Para coger a uno de tus bastardos y compararlo con mis «gatitos». Al menos, será un punto de partida. Me dejó un par de guantes de trabajo, de cuero grueso. Logré separar a uno de los animales del resto sin molestar a la perra, a la cual no parecía importarle demasiado todo aquello. Yo no podía culparle. Al ver aquella extraña criatura más de cerca, pude observar lo fea que era. No sólo tenía la piel lampiña, sino escamosa. Pero lo que me pareció más raro fue que le faltara el ombligo. Reflexionando un poco, que yo recordara, los bichos que mi gata había parido tampoco presentaban ningún tipo de conexión umbilical. No había visto el cordón por ninguna parte. —Vamos —dije, sujetando aquel bicho baboso delante de mí para mantener el olor lo más lejos posible—. Quizá entre los dos logremos descifrar este asunto. —Iré contigo, pero esto no me gusta nada —comentó George—. Ted, es imposible que esto le haya ocurrido a mi perra. —¿Por qué lo dices? —Porque la primavera pasada la operamos para que no quedara preñada. Jean se mantuvo alejada de nosotros cuando entramos en la cocina para bajar al sótano. Al ver lo que yo llevaba en las manos enguantadas, palideció, pero no pronunció ni una palabra. Resultaba evidente que, a pesar de mis advertencias, había visto la camada. No sé por qué no me preguntó nada sobre la cosa que llevaba, quizá porque estaba demasiado sorprendida. —No he pensado qué haremos, pero ¿por qué no te llevas a los niños y te vas a visitar a alguien? Asintió en silencio. Creo que se alegró de tener una excusa para marcharse. —Dame un par de horas —pedí—. O, mejor aún, llámame antes de volver a casa. Por si acaso. —Pero ¿qué vas a…? —Ya te he dicho que no lo sé. Procuré dar la impresión de que dominaba la situación, pero si no logré impresionarme a mí mismo, mucho menos a Jean. Algo dentro de mí hurgaba y se retorcía, quizá se tratara de un reconocimiento instintivo de que las cosas no estaban bien, de que la naturaleza estaba patas arriba. Presentí una soterrada urgencia por descubrir realmente lo que estaba ocurriendo. Bajé al sótano precediendo a George y enfilé directo hacia la paridera. Harriet había abandonado a su descendencia no la culpé por ello. Coloqué el «perrito» junto a los cinco «gatitos». —¿Qué te había dicho, George? Ni una puñetera diferencia. —Lo único es que los tuyos son un poco más grandes —señaló George. Parecía desgraciado se le notaba asustado—. Esto no tiene sentido. —Ya lo sé. Resulta extraño. Acabas de decir que los míos son más grandes, y tienes razón. Pero cuando yo los dejé, eran ¡más pequeños! —¡Vamos, Ted! ¿Cómo pueden haber crecido en diez minutos? —No son imaginaciones mías, George. Te digo que están «más grandes». Observé la masa de feos bichos, movedizos y llenos de escamas. Ahora se les veía más babosos aún, y cubiertos de sangre reseca. Me agaché para verles mejor y noté que uno de ellos masticaba algo un trozo de carne con pelos. Tendí la mano, le di la vuelta a uno de los bichos y vi más trozos de carne, sobre los cuales los demás se abalanzaron. Aparté algunos de los trapos y prendas que formaban el nido y descubrí algo que, in mente, había rogado no encontrar o al menos, no allí. Era lo que quedaba de Harriet: la cabeza, descarnada y sin piel, la cola y una pata. Por algún motivo que no entendí le habían dejado los ojos que, acusadores, me preguntaban: «¿Por qué me has dejado sola?». Aquello fue demasiado para mí. Me aparté y vomité aparatosamente, salpicándole a George los zapatos y los pantalones. George se separó de mí de un salto, perdió el equilibrio y cayó sobre la paridera. Uno de aquellos animales se lanzó de inmediato sobre su brazo desnudo, y le pegó un mordisco que le llegó casi hasta el hueso. —¡Maldición! —aulló George—. ¡Quítame de encima a este hijo de puta! Me recuperé rápidamente, hice de tripas corazón y arranqué aquella cosa del brazo de George mientras éste se levantaba con torpeza. Con la mano derecha apreté el bicho con todas mis fuerzas el muy asqueroso no dejaba de retorcerse para morderme. Por suerte, todavía llevaba los gruesos guantes que George me había dejado, de lo contrario, aquella cosa me habría arrancado un trozo de mano. Para una bestia que no superaba en tamaño a un gato pequeño, la criatura tenía una fuerza sorprendente. Ya no pude sujetarla más y la tiré al suelo. Sin pensarlo siquiera e impulsado por un instinto que ni siquiera sabía que tuviese, la aplasté con el pie, hasta reventarla contra el cemento con todo el peso de mi cuerpo. Hizo pum, como una especie de globo obsceno. Entonces le tocó a George vomitar. Levanté el pie y miré los restos que habían quedado en el suelo: una mancha iridiscente, verde grisácea, de un líquido viscoso y temblequeante con una cabeza que no paraba de moverse y de lanzar mordiscos. Poco a poco, la amorfa mancha se recompuso y recobró su forma anterior. Más o menos. George ya había dejado de vomitar. —¡Santo cielo, Ted! ¿Qué vamos a hacer? —Tú mismo has visto lo ocurrido, ¿no? Lo he aplastado con todo mi peso… ¡Dios mío! Se han comido a Harriet… Por el amor de Dios…, se han comido a la gata. ¡Y no mueren! Me encontraba al borde de la histeria. —Vamos, Ted, domínate —me ordenó George, que temblaba tanto como yo. —¡George, se han comido a la gata! ¿Es que no lo entiendes? ¿Qué crees que hacen en este momento los que están en tu garaje? —¡Dios santo! ¡Ojalá no llegue demasiado tarde! Subió la escalera del sótano a la carrera, y tropezó dos o tres veces. Cuando se hubo marchado, creí enloquecer de miedo al oír un sonido de cristales rotos a mi espalda. Cuando me volví para investigar, comprobé que dos de las criaturas se habían encaramado a la estantería donde guardábamos las conservas de fruta y verdura que hacíamos cada año. Habían logrado tirar un frasco de tomate y romperlo. El tarro había caído de lado y fue perdiendo su contenido poco a poco, y mientras uno de ellos intentaba tirar otro tarro, el segundo revolvía los tomates. En aquella situación, parecía como si el bicho estuviera mordisqueando y revolcándose sobre cuajarones de sangre: y mientras escarbaba en aquella pulpa informe con las patas traseras, me salpicó la cara de tomate. Por un momento, la náusea me invadió, pero, de algún modo, logré controlarme. ¿Cómo diablos se las habían arreglado para subir hasta allí? A menos que pudieran volar. La idea me sacudió como una descarga eléctrica. De un momento a otro podían crecerles alas. —Es el colmo —dije a los animales. Necesitaba hacer algo de inmediato. Junto a mi banco de trabajo tenía un cubo de basura en el que sabía que cabrían todos. Vacié el cubo de virutas de madera y el aserrín y regresé con rapidez junto al nido. La náusea me invadió en oleadas y la sangre me latía en las sienes cuando quité a los dos bichos de la estantería y saqué del nido al resto, uno por uno, para dejarlos caer en el cubo. Era como manipular pedazos de carne podrida, olían de un modo horrible, y su pestilencia parecía acentuarse y aumentar con el crecimiento y su apetito voraz. Sí crecían a ojos vistas. Continuaban siendo más pequeños que los gatitos normales, pero el aumento de tamaño era apreciable. No se trataba de mi imaginación. ¿O sí? Tuve que encargarme también de los restos de Harriet de pronto, la pérdida de la gata me pareció lo peor que me había ocurrido en la vida. Se me saltaron las lágrimas entonces supe que ya no actuaba de una manera racional, sino que lo hacía impulsado por instintos y emociones que ignoraba que llevaba dentro. ¿Qué diablos iba a contarles a los niños? ¿Qué le diría a Jean? Entonces, la obsesión por contarlos me asaltó. Decidí que debía contar los bichos varias veces para asegurarme de que estaban todos. En la camada original había cinco bestias, más la que yo había traído del garaje de George… Seis en total. «Sí —me dije—, en el cubo hay seis. Uno, dos, trescuatrocincoseis. ¡Maldita sea, seis! Cuéntalos despacio. Asegúrate de que no te falta ninguno. Unodostres. Cuatrocinco. Seis. ¿No habré contado dos veces a aquél?». Seis cosas. Un perro. Ningún gato. Seis cosas. Dos niños. Una esposa. Seis… «George, por favor, cuéntalos tú por mí. Él se alegrará de contarlos». Estaba demasiado ofuscado y tenía la vista demasiado nublada como para saber qué hacía. «Debo salir de prisa —me dije—, o de lo contrario, esas cosas me vencerán». Cuando miré fijamente en el interior del cubo y vi retorcerse aquellas cosas, noté que la voluntad se me iba debilitando entonces, de repente, sentí otra emoción nueva: el ansia de matar. De un golpe, le puse la tapa al cubo y la fijé con unos trozos de cinta adhesiva para que aquellas cosas no se salieran y pudieran llegar al garaje de George. George me esperaba fuera. Sin necesidad de preguntarle, supe que no había logrado salvar a su perra. Parecía indefenso. —¿Qué llevas ahí dentro? —preguntó en voz baja. —¿Qué diablos crees tú que llevo? Los tengo a «todos» aquí metidos. —¿Y qué vas a hacer? —Algo, y de prisa, George. Tenemos que destruirlos antes de que crezcan demasiado. ¿Es que no lo entiendes? No tenemos elección. Se miró fijamente la mancha del brazo, donde lo habían mordido. Estaba hinchada y le supuraba, era una sustancia verdosa, parecida al pus, que olía a podrido. —Me duele —dijo George. —Ya sé que te duele. Te llevaré a que te vea un médico…, en cuanto nos hayamos encargado de estas cosas. ¿De acuerdo? ¿Me estás escuchando? Me lanzó una mirada inexpresiva, como si no hubiese entendido. Dejé el cubo en el suelo, lo agarré por los hombros y lo sacudí. —¡Vuelve en ti, George! ¡Tienes que ayudarme! —¡Oye! Déjame en paz. Me apartó los brazos, se sentó en el suelo, junto al garaje, se tapó el rostro con las manos y fue como si se ovillara dentro de sí mismo. —¿De qué servirá? —murmuró. —Nunca imaginé que fueras tan flojo —dije. En otras circunstancias, me habría avergonzado de mí mismo por tratar de un modo tan brusco a un buen amigo, pero no era del todo dueño de mis reacciones. Tenía miedo y estaba furioso. Pero mi ira no iba dirigida sólo contra las criaturas y el infierno que habían desencadenado. Iba dirigida sobre todo contra George, como si, en cierto modo, él tuviera la culpa de lo que había ocurrido. Quizá la herida le hubiera afectado la cabeza, o tal vez era la conmoción de haber perdido a su preciada perra dálmata. No importaba el motivo, lo único que contaba en ese momento era que George no me servía para nada. —No puedo entrar ahí —gimió. Lo dejé acurrucado fuera, levanté el cubo y lo llevé al garaje, donde me enfrenté a la otra camada. Y a media perra. Los quemé. Rocié con gasolina a los muy bastardos y les prendí fuego por ese medio descubrí su única virtud: eran «altamente» inflamables. Detrás del garaje de George hice una pila con todos ellos y les prendí fuego. Los conté, claro está. Trece bolas de fuego que cuando ardieron no emitieron sonido alguno. «Santo Dios, espero no tener que volver a hacer nada parecido». Uno de los vecinos apareció poco después: me había saltado una ordenanza local que prohibía las fogatas al aire libre. Cuando el jefe de bomberos llegó, sólo quedaba una mancha chamuscada en el suelo ni siquiera había huesos. Al cabo de unos minutos, el olor a azufre quemado se disipó también. Ya han transcurrido unas semanas y las cosas han vuelto a una relativa normalidad. George no me habla demasiado, pero sé que se le pasará. Va mejorando poco a poco, y he notado que hay una recuperación en el movimiento de su brazo herido. Ignoro qué hizo con el cuerpo de la perra dálmata. Aunque todavía no me encuentro en condiciones de preguntárselo. Jean les dijo a los niños que la gata había muerto durante el parto, y que hubo que eliminar a los gatitos. Al parecer han aceptado esa explicación, aunque no estoy muy seguro de que Pam se lo haya creído. Me niego a reflexionar al respecto, y les he prometido que pronto les regalaría otro animalito… otro «gato», si lo desean. Es obvio que ni siquiera Jean conoce toda la historia. Siempre me interroga con la mirada. Quizá algún día se lo cuente, cuando todo se halle a una distancia de la realidad lo bastante cómoda como para que pueda hablar de ello sin desmoronarme. Cuando lo pienso, me doy cuenta de que debí haber guardado una de las criaturas para enseñársela a alguien. De haber actuado de manera racional, me habría quedado con una y llamado a la prensa o a la televisión. En lugar de eso, las destruí, sin pensarlo dos veces, y el recuerdo que guardo de las espantosas emociones que experimenté entonces es lo que más me cuesta erradicar. Durante unos días me preocupó mucho la idea de que nacieran otras camadas. Incluso cuando me enteré de que una familia que vive a unas manzanas de mi casa tenía una hembra de pastor alemán que había parido una camada de cachorros deformes, me puse en contacto con ellos, pero se negaron a decirme nada. Lo cierto es que no los culpo. También esperé ver algo en los diarios o en la televisión. Era el tipo de noticia que suele aparecer en los titulares de los periódicos sensacionalistas, pero todavía no he leído ninguna nota en la que se hablara de camadas de animales extraños. Sólo las noticias normales sobre bebés, OVNI y vacas bicéfalas. Supongo que lo ocurrido en nuestro barrio fue un hecho aislado. Lo cierto es que no dejo de preguntarme por los animales de los bosques que viven justo al norte de nuestro barrio. Ahí hay gran cantidad de mapaches, liebres y zarigüeyas. Si alguno de ellos ha parido extrañas criaturas, pasará cierto tiempo antes de que alguien lo descubra. Procuro desechar tales pensamientos, y la mayor parte de las veces lo consigo. Tengo cosas más importantes de que preocuparme. Jean está embarazada. Pronto saldrá de cuentas. Según el médico, tal vez sean gemelos.

Mensaje escrito por GABULLS el 18/12/2017 09:40:27 am - Puntaje: 20 
Un thread semanal para compartir cuentos cortos de género fantástico, terror, ciencia ficción, etc... La idea es subir esos cuentos que nos gustaron (porque cuentos cortos hay muchísimos pero a lo mejor solo uno de cada diez nos llega a gustar realmente) y, claro, conocer los favoritos de los demás que tal vez nunca conoceríamos si no fuera por la recomendación. Espero que les guste la idea y se animen a copiar sus cuentos favoritos (o a recomendar el título así lo buscamos y lo posteamos). Buena semana! Otros cuentos subidos: [link]http://bivosmallchurch.net/X12X78X224405X0X0X1X-cuentos-cortos-la-camada-de-ramsey-campbell.html[
/link][anchor_text]La Camada[/anchor_text] (de Ramsey Campbell) [link]http://bivosmallchurch.net/X12X78X224469X0X0X1X-cuentos-cortos-donde-crecen-las-piedras-de-lisa-t
uttle.html[/link][anchor_text]Donde Crecen las Piedras[/anchor_text] (de Lisa Tuttle) [link]http://bivosmallchurch.net/X12X78X224816X0X0X1X-horror-fantasia-el-hombre-que-ahogaba-cachorros-d
e-thomas-sullivan.html[/link][anchor_text]El hombre que ahogaba cachorros[/anchor_text] (de Thomas Sullivan) [link]http://bivosmallchurch.net/X12X78X226734X0X0X1X-horror-fantasia-popsy-stephen-king.html[/link][an
chor_text]Popsy[/anchor_text] (de Stephen King) [link]http://bivosmallchurch.net/X12X78X227052X0X0X1X-horror-fantasia-la-camada-james-kisner.html[/link
][anchor_text]La Camada[/anchor_text] (de James Kisner)

Mensaje escrito por GABULLS el 11/01/2018 05:57:28 pm - Puntaje: 18 
Genial, a esperarla.Gracias por el aviso, se ve buena. Hace unos días me vi esta serie en maratón, toda la temporada en un mismo día, también de Netflix, me pareció excelente: [image]http://www.thedigitalhash.com/wp-content/uploads/2017/11/sinner-1.x96717.jpg[/image]

Mensaje escrito por GABULLS el 21/06/2018 12:33:28 pm - Puntaje: 18 
Hola a todos, estaba extrañando estos threads... ojalá no sea el único. Para quienes no tengan ni idea de qué se trata esto: compartir cuentos cortos, de autores de todo el mundo, dentro de los géneros horror, ciencia ficción, fantasía, etc... Por ejemplo: LOS ONDULANTES Fredric Brown Definiciones del diccionario abreviado Webster-Hamlin, edicion de 1998: Ondulante: un invasor. Invasor: inorgano de la clase radio. Inorgano: ente incorporeo, invasor. Radio: 1. clase de inorganos. 2. frecuencia eterea entre la luz y la electricidad. 3.(obsoleto) metodo de comunicacion usado hasta 1957 Las salvas inaugurales de la invasion no fueron estruendosas, pero fueron oidas por millones de personas. George Bailey estaba entre esos millones. Elijo a George Bailey porque fue el unico que llego a tener una vaga intuicion de lo que pasaba. George Bailey estaba borracho, y dadas las circunstancias no se lo podia culpar por ello. Estaba escuchando avisos radiales de la clase mas repulsiva. No porque el quisiera escucharlos, desde luego, sino porque su jefe, J.R. McGee de la red MID, le habia dicho que los escuchara. George Bailey escribia avisos para la radio. Lo unico que odiaba mas que la publicidad era la radio. Y ahora dedicaba su tiempo libre a escuchar irritantes y nauseabundos avisos comerciales en una emisora rival. -Bailey – habia dicho J.R. McGee -, deberias familiarizarte mas con lo que hacen otros. Especialmente, deberias estar informado sobre lo que hacen los clientes nuestros que usan varias emisoras. Francamente, te sugiero… Uno no se opone a las francas sugerencias del jefe si quiere conservar un trabajo de doscientos dolares por semana. Pero uno puede beber whisky sours mientras escucha. George Baile bebia whisky sours. Ademas, entre una tanda comercial y otra, jugaba al gin rummy con Maisie Hetterman, una atractiva dactilografa pelirroja del estudio. Era el departamento de Maisie y la radio de Maisie (George, por principios, no tenia radio ni televisor), pero George habia traido el licor. -…solo los mejores tabacos – decia la radio – entran dit-dit-dit cigarrillo favorito del pais… George miro la radio. -Marconi – dijo. Desde luego queria decir Morse, pero como los whisky sours lo habian mareado un poco su primera corazonada se acerco mas a la verdad que la de cualquier otro. Era Marconi, en cierto modo, de un modo muy especial. -Marconi? – pregunto Maisie. George, que odiaba hablar con la radio encendida, se inclino para apagarla. -Quise decir Morse – dijo -. Morse, como en los boy scouts o en el cuerpo de senales. En un tiempo fui boy scout. -Vaya si has cambiado – dijo Maisie. George suspiro. -Alguien se creara problemas, transmitiendo en codigo en esa longitud de onda. -Que decia? -Decia? Ah, quieres decir que decia la senal. S…, la letra S. Dit-dit-dit es S. SOS es dit-dit-dit da-da-da dit-dit-dit. -La O es da-da-da? George sonrio. -Dilo de nuevo, Maisie. Me gusta: Y creo que tu tambien eres da-da-da. -George, quiza sea realmente un SOS. Enciendela de nuevo. George la encendio de nuevo. El aviso de cigarrillos aun estaba en el aire. -…caballeros del gusto mas dit-dit-dit …guido prefieren el gusto superior de los cigarri-dit-dit-dit. En su nuevo paquete, que los conserva dit-dit-dit y ultrafrescos… -No es un SOS. Son solo eses. -Como una tetera, o… Oye, George, quiza sea un truco publicitario. George meneo la cabeza. -En ese caso no taparia el nombre del producto. Espera un minuto hasta que… Extendio la mano y movio la perilla de la radio un poco a la derecha y un poco a la izquierda, y una expresion incredula le inundo la cara. Movio la perilla hacia el extremo izquierdo, tanto como podia. No habia ninguna estacion alli, ni siquiera el zumbido de una nota de transmision, pero la radio decia dit-dit-dit, dit-dit-dit. Movio la perilla hacia el extremo derecho. Dit-dit-dit. George apago la radio y miro a Maisie sin verla, lo cual no era facil. -Algo malo, George? -Espero que si – dijo George Bailey -. Por cierto espero que si. Penso en tomar otra copa y cambio de idea. Tuvo la repentina corazonada de que algo importante estaba ocurriendo y queria estar sobrio para evaluar las cosas. No tenia la menor idea de cuan importante era. -George, que quieres decir? -No se que quiero decir. Maisie, demos un paseo hasta el estudio, eh? Creo que habra cosas interesantes. 5 de abril de 1957 esa fue la noche en que llegaron los ondulantes. Habia empezado como una noche mas. Ya no lo era.. George y Maisie esperaron un taxi, pero como no venia ninguno tomaron el subterraneo. Ah si, los subterraneos aun funcionaban en esos dias. Los dejo a una cuadra del edificio de la emisora. El edificio era un manicomio. George, sonriendo, atraveso el lobby llevando a Maisie del brazo, tomo el ascensor hasta el quinto piso y sin ninguna razon dio un dolar al ascensorista. Nunca en su vida habia dado propina a un ascensorista. El joven le dio las gracias. -Le conviene no acercarse a los gerentes, senor Bailey – dijo -. Le arrancaran las orejas a dentelladas a cualquiera que tan solo se atreva a mirarlos. -Maravilloso – dijo George. Desde el ascensor fue directamente hacia la oficina del propio J.R. McGee. Se oian voces estridentes detras de la puerta de vidrio. George estiro la mano hacia el picaporte y Maisie trato de detenerlo. -Pero George – susurro -, te despedira! -Hay momentos para todo – dijo George -. Alejate de la puerta, primor. Aparto a Maisie con suavidad pero tambien con firmeza. -Pero George, que te propones…? -Observa – dijo el. Entreabrio la puerta y las voces freneticas cesaron. Al asomar la cabeza todos los ojos se volvieron hacia el. -Dit-dit-dit – dijo -. Dit-dit-dit. Se echo hacia atras y hacia un costado justo a tiempo para escapar del vidrio astillado por el pisapapeles y el tintero que atravesaron el panel de la puerta. Aferro a Maisie y corrio hacia las escaleras. -Ahora beberemos una copa, – le dijo. Habia una multitud en el bar de enfrente, pero era una multitud extranamente silenciosa. Por respeto al hecho de que la mayoria de los clientes eran gente de la radio ese bar no tenia televisor sino un gran gabinete de radio, y casi todos estaban agolpados alrededor. -Dit – decia la radio -. Dit-dad-da-di-daditda-dit… -No es hermoso? – le susurro George a Maisie. Alguien movio la perilla. Alguien pregunto que banda era esa y alguien dijo: “La policial.” Alguien dijo “Busca la onda corta”, y alguien la busco. “Esto deberia ser Buenos Aires”, dijo alguien. “Ditd-da-dit”, dijo la radio. Alguien se paso los dedos por el pelo y dijo: “Apaguen esa maldita cosa.” Alguien la apago y alguien la encendio de nuevo. George sonrio y se dirigio hacia un reservado donde habia visto a Pete Mulvaney sentado a solas con una botella delante. George y Maisie se sentaron frente a Pete. -Hola – dijo George, muy serio. -Demonios – dijo Pete, que era jefe del personal de investigacion tecnica de la radio. -Una bella noche, Mulvaney – dijo George – Viste la luna remontando las algodonosas nubes cual un aureo galeon arrojado sobre olas de plateada cresta en un huracanado… -Callate – dijo Pete -. Estoy pensando. -Whisky sours – le dijo George al mozo. Se volvio hacia Pete -. Piensa en voz alta, para que oigamos todos. Pero antes, como escapaste del manicomio de enfrente? -Me patearon, me echaron, me despidieron. -Choca esos cinco. Y luego explicate. Les dijiste dit-dit-dit? Pete lo miro con repentina admiracion. -Eso hiciste? -Tengo una testigo. Que hiciste tu? -Les dije lo que pensaba que era y creen que estoy loco. -Lo estas? -Si. -Bien – dijo George -. Entonces queremos oirlo… – Chasqueo los dedos. – Que pasa con la television? -Lo mismo. El mismo sonido en audio, y la imagen tiembla y se desdibuja con cada punto o guion. En este momento es solo un borron. -Maravilloso. Y ahora dime que ocurre. No me importa lo que sea, mientras no sea una trivialidad, pero quiero saber. -Creo que es el espacio. El espacio esta distorsionado. -El viejo amigo, el espacio – dijo George Bailey. -George – dijo Maisie -, caIlate por favor. Quiero oir esto. -El espacio – dijo Pete – tambien es finito. – Se sirvio otra copa. – Recorres cierta distancia en cualquier direccion y vuelves al punto de partida. Como una hormiga arrastrandose alrededor de una manzana. -Mejor una naranja – dijo George. -De acuerdo, una naranja. Ahora supongamos que las primeras ondas de radio jamas emitidas acaban de terminar el viaje de vuelta. En cincuenta y seis anos. -Cincuenta y seis anos? Pero pense que las ondas de radio viajaban a la misma velocidad que la luz. Si es asi, en cincuenta y seis anos solo pudieron recorrer cincuenta y seis anos-luz, y eso no puede ser todo el universo porque se sabe que hay galaxias a millones o quiza miles de millones de anos-luz. No recuerdo las cifras, Pete, pero nuestra galaxia sola tiene mucha mas extension que cincuenta y seis anos-luz. Pete Mulvaney suspiro. -Por eso digo que el espacio debe estar distorsionado. Hay un atajo en alguna parte. -Un atajo tan corto? No puede ser. -Pero George, escucha lo que se esta recibiendo. Entiendes el codigo? -Ya no. No a esa velocidad, al menos. -Bien, yo si lo entiendo – dijo Pete -. Esa es la jerga de los primeros radioaficionados norteamericanos. Son los sonidos que llenaban el aire antes que se iniciaran las emisiones radiales normales. Es la jerga, las abreviaturas, la chachara del granero al altillo de los aficionados con claves, con cohesores Marconi o detectores Fessenden… y pronto oiras un solo de violin. Te dire cual es. -Cual? -El Largo de Handel. El primer disco fonografico transmitido por radio. Fessenden lo emitio desde Brant Rock en 1906. Oiras su CQ-CQ en cualquier momento. Te apuesto un trago. -De acuerdo. Pero que era el dit-dit-dit que empezo todo esto? Mulvaney sonrio. -Marconi, George. Cual fue la senal mas poderosa jamas emitida, cuando y por quien? -Marconi? Dit-dit-dit? Hace cincuenta y seis anos? -Eres un buen alumno. La primera senal transatlantica, el 12 de diciembre de 1901. Durante tres horas la gran estacion de Marconi en Poldhu, con postes de mas de sesenta metros, envio una S intermitente, dit-dit-dit, mientras Marconi y dos asistentes, en St. Johns, Terranova, remontaban una antena a ciento veinte metros en una cometa hasta que al fin captaron la senal. A traves del Atlantico. George, con chispas que saltaban de las grandes botellas de Leyden en Poldhu y 20.000 voltios brincando de las tremendas antenas… -Un minuto, Pete, hay algo que no encaja. Si eso fue en 1901 y la primera emision radial fue en 1906, pasaran cinco anos antes que la emision de Fessenden llegue aqui por la misma ruta. Aun si hay un atajo de cincuenta y seis anos-luz en el espacio y aun si esas senales no se debilitaron tanto en el viaje como para que no podamos oirlas… es una locura. -Te previne que lo era – dijo Pete desanimadamente -. Caray. esas senales serian tan infinitesimales despues de viajar tan lejos que en la practica no existirian. Mas aun, estan en todas las bandas, desde las microondas para arriba, y en todas tienen la misma fuerza. Y, como dices tu, ya hemos recibido casi cinco anos en dos horas, lo cual no es posible. Te dije que era una locura. -Pero… -Sshhh. Escucha – dijo Pete. Una voz borrosa pero inequivocamente humana venia de la radio, mezclandose con los chasquidos del codigo. Y luego una musica debil y cascada, pero inequivocamente de violin. El Largo de Handel. Solo que de pronto se agudizo como si escalara de clave en clave, hasta volverse tan estridente que lastimaba el oido. Y siguio hasta pasar el limite de lo audible y no pudieron oirla mas. -Apaguen ya esa maldita cosa – dijo alguien. Alguien la apago, pero esta vez nadie volvio a encenderla. -Yo mismo no lo creia – dijo Pete -. Y hay otro elemento en contra, George. Esas senales afectan tambien la television, y las ondas de radio no tienen la longitud adecuada para eso. – Meneo la cabeza lentamente. – Tiene que haber otra explicacion, George. Cuanto mas lo pienso, mas me convenzo de que estoy equivocado. Tenia razon: estaba equivocado. -Descabellado – dijo el senor Ogilvie. Se quito las gafas, fruncio el ceno, y se las calo de nuevo. Miro a traves de ellas los papeles que tenia en la mano y los arrojo desdenosamente sobre el escritorio. Los papeles resbalaron hasta descansar contra la placa triangular que rezaba: B.R. OGILVIE Jefe de redaccion -Descabellado – repitio. Casey Blair, su mejor reportero, soplo un anillo de humo y lo atraveso con el indice. -Por que? – pregunto. -Porque… caramba, es absolutamente descabellado. -Ahora son las tres de la manana – dijo Casey Blair -. La interferencia ha durado cinco horas y no hay un solo programa por television ni por radio. Todas las estaciones importantes de radio y television del mundo entero han dejado de trasmitir. Por dos razones. Una, solo estaban gastando corriente. Dos, las secretarias de Comunicaciones de sus respectivos gobiernos les solicitaron que cesaran de trasmitir para colaborar en las campanas de rastreo. Hace cinco horas, desde el comienzo de la interferencia, que estan trabajando con todo lo que tienen. Y que han averiguado? -Es descabellado! – dijo el jefe de redaccion. -De acuerdo, pero es cierto. Greenwich, a las once de la noche hora de Nueva York (traducire todas las horas a la de Nueva York) encontro algo en la direccion de Miami. Viro hacia el norte hasta que a las dos la direccion era aproximadamente la de Richmond. Virginia. A las once San Francisco encontro algo en la direccion de Denver tres horas mas tarde viro al sur, hacia Tucson. En el hemisferio sur: senales captadas en Ciudad del Cabo, Sudafrica, viraron de la direccion de Buenos Aires a la de Rio de Janeiro, mil quinientos kilometros al norte. Nueva York a las once recibia senales debiles de Madrid, pero a las dos no recibia ninguna senal. – Solto otro anillo de humo. – Quiza porque las antenas de cuadro que usan solo giran en un plano horizontal? -Absurdo. -Me gusta mas “descabellado”, senor Ogilvie. Es descabellado, pero no absurdo. Yo estoy muerto de miedo. Esas lineas, y todas las senales de que hemos oido hablar, corren en la misma direccion si uno las toma como lineas rectas trazadas como tangentes de la Tierra en vez de curvarlas alrededor de la superficie. Yo lo hice con un pequeno globo terraqueo y un mapa estelar. Convergen en la constelacion de Leo. – Se inclino y toco con el indice la primera pagina del articulo que acababa de entregar. – Las estaciones que estan directamente bajo Leo no reciben ninguna senal. Las estaciones que estan en lo que seria el perimetro de la Tierra respecto de ese punto reciben las senales mas fuertes. Escuche, si prefiere haga revisar esas cifras por un astronomo antes de publicar la nota, pero hagalo pronto… a menos que quiera leer la noticia en otros diarios primero. -Pero la ionosfera, Casey… no se supone que detiene todas las ondas de radio y las hace rebotar? -Claro que si. Pero quiza hay una filtracion. O quiza las senales pueden atravesarla desde afuera aunque no puedan salir desde adentro. No es una pared solida. -Pero… -Lo se, es descabellado. Pero alli esta. Y nos falta solo una hora para cerrar. Sera mejor que mande esta nota pronto y la haga componer mientras hace revisar mis datos y direcciones. Ademas, usted querra cerciorarse de algo mas. -Que? -Yo no tenia los datos para corroborar la posicion de los planetas. Leo esta en la ecliptica un planeta podria interponerse entre aqui y alla. Marte, tal vez. Los ojos del senor Ogilvie se iluminaron y se opacaron de nuevo. -Blair – dijo -, si usted se equivoca seremos el hazmerreir del mundo. -Y si tengo razon? El jefe de redaccion tomo el telefono y ladro una orden. Titular del 6 de abril del Morning Messenger de Nueva York, ultima edicion (6 de la manana): INTERFERENCIA RADIAL VIENE DEL ESPACIO SE ORIGINA EN LEO Seres ajenos al sistema solar intentarian comunicarse. Todas las emisiones de radio y television fueron suspendidas. Las acciones de las empresas radiales y televisivas abrieron varios puntos por encima de la cotizacion del dia anterior, y luego bajaron abruptamente hasta mediodia, cuando una moderada estampida de compradores las hizo subir un poco. La reaccion del publico era ambigua la gente que no tenia radio salio precipitadamente a comprar una, y las ventas subieron, especialmente en aparatos portatiles y de mesa. Por otra parte, no se vendio ningun televisor. Con la suspension de las emisiones no habia imagenes en las pantallas, ni siquiera imagenes borrosas. Los circuitos de audio, cuando se los encendia, emitian el mismo murmullo que los receptores de radio. Lo cual, como Pete Mulvaney le habia senalado a George Bailey, era imposible las ondas de radio no pueden activar los circuitos de audio de los televisores. Pero estas los activaban, y eran ondas de radio. En los aparatos de radio aparecian ondas de radio, aunque horriblemente trituradas. Nadie podia escucharlas mucho tiempo. Habia momentos fugaces en que, por varios segundos consecutivos, uno podia reconocer la voz de Will Rogers o Geraldine Farrar, o pescar instantes de la pelea Dempsey-Carpentier o la excitacion de Pearl Harbor (recuerdan Pearl Harbor?). Pero las cosas dignas de oirse eran raras. En general era una mezcla ininteligible de radioteatro, publicidad y jirones desafinados de lo que una vez habia sido musica. Era totalmente indiscriminado, y totalmente insoportable. Peco la curiosidad es una motivacion poderosa. Hubo un breve auge de venta de radios por unos dias. Hubo otros auges, menos explicables, mas dificiles de analizar. Hubo un alza repentina en la venta de escopetas y armas portatiles que evocaba el panico causado en 1938 por los marcianos de Wells-Welles. Las Biblias se vendian tanto como los libros de astronomia, y los libros de astronomia se vendian como pan caliente. Una zona del pais demostro un repentino interes en los pararrayos los constructores fueron inundados con pedidos de instalacion inmediata. Por alguna razon que nunca se ha aclarado del todo hubo una fiebre de venta de anzuelos en Mobile, Alabama todas las ferreterias y tiendas deportivas los vendieron en pocas horas. Las bibliotecas publicas y las librerias fueron despojadas de los libros de astrologia y los libros sobre Marte. Si, sobre Marte, pese a que Marte estaba en ese momento del otro lado del sol y que toda nota periodistica sobre el tema enfatizaba que ningun planeta se interponia entre la Tierra y la constelacion de Leo. Algo extrano ocurria, y no se disponia de noticias sobre las novedades excepto a traves de los diarios. La gente se apinaba frente a los edificios de los diarios a la espera de cada edicion. Los jefes de produccion enloquecian. La gente tambien se reunia en pequenos grupos de curiosos alrededor de los silenciosos estudios y estaciones de emision, hablando en voz baja como en un velorio. Las puertas de la emisora estaban cerradas, aunque habia un portero encargado de hacer entrar a los tecnicos que intentaban encontrar una respuesta al problema. Algunos de los tecnicos que habian trabajado el dia anterior acababan de pasar mas de veinticuatro horas en vela. George Bailey desperto al mediodia, con solo una pequena jaqueca. Se afeito y ducho, salio, tomo un desayuno ligero y se sintio mejor. Compro las primeras ediciones de los diarios de la tarde, las leyo, sonrio. Su corazonada habia sido correcta: fuera lo que fuese, no era una trivialidad. Pero que era? Las ultimas ediciones de los diarios de la tarde lo anunciaron. INVADEN LA TIERRA SEGÚN CIENTIFICO El cuerpo treinta y seis era el mayor que tenian lo usaron. Ni un solo diario fue distribuido esa tarde. Los repartidores eran practicamente asaltados cuando iniciaban su recorrido. Vendian diarios en vez de repartirlos los mas listos los vendian a un dolar el ejemplar. Los tontos y honestos que no querian venderlos porque pensaban que los diarios correspondian a los clientes regulares del reparto los perdieron de todos modos. La gente se los arrebato. Las ultimas ediciones apenas cambiaron el titular. Es decir, apenas desde un punto de vista tipografico. Pero el cambio en el significado era tremendo. Decia: INVADEN LA TIERRA SEGÚN CIENTIFICOS Es increible el efecto que puede producir una sola S. Carnegie Hall rompio esa noche todas las tradiciones con una conferencia a ultima hora. Una conferencia no programada ni publicitada. El profesor Helmetz habia bajado del tren a las once y media y una multitud de reporteros lo estaba esperando. Helmetz, de Harvard, habia sido el cientifico (en singular) que figuraba en el primer titular. Harvey Amhers, jefe del directorio del Carnegie Hall, se habia abierto paso en la multitud. En el trayecto perdio las gafas, el sombrero y el aliento. pero aferro el brazo de Helmetz y se colgo de el hasta que recobro el habla. -Queremos que hable usted en Carnegie, profesor – grito al oido de Helmetz -. Cinco mil dolares por una conferencia sobre los invasores. -Desde luego. Manana a la tarde? -Ahora! Tengo un taxi esperando. Venga. -Pero… -Le conseguimos publico. De prisa! – Se volvio hacia la multitud. – Abran paso. Es imposible oir al profesor aqui. Vengan al Carnegie Hall y el les hablara. Y corran la voz en el camino. Tanto se corrio la voz que el Carnegie Hall estaba atestado cuando el profesor empezo a hablar. Poco despues instalaron un sistema de altoparlantes para que la gente de afuera pudiera oir. A la una de la manana las calles estaban atestadas en cuadras a la redonda. No habia en la Tierra un patrocinador con un millon de dolares a su nombre que no hubiera dado gustosamente un millon de dolares por el privilegio de patrocinar esa conferencia en television o radio, pero no fue emitida por radio ni por television. Ambas lineas estaban ocupadas. -Alguna pregunta? – dijo el profesor Helmetz. Un reportero de la primera fila se adelanto a los demas. -Profesor – erijo -, todas las estaciones rastreadoras de la Tierra han confirmado lo que usted nos dijo esta tarde sobre los cambios de direccion? -Si, absolutamente. Alrededor del mediodia todas las indicaciones direccionales empezaron a debilitarse. A las tres menos cuarto, hora del Este, cesaron por completo. Hasta entonces las ondas radiales procedian del cielo, cambiando continuamente de direccion con respecto a la superficie de la Tierra, pero constantes con respecto a un punto en la constelacion de Leo. -Que estrella de Leo? -Ninguna estrella visible en nuestros mapas. Tampoco venian de un punto en el espacio o de una estrella demasiado debil para nuestros telescopios. -Pero a las tres menos cuarto de la tarde de hoy (o mejor dicho de ayer, pues ya ha pasado medianoche) todos los rastreadores de direccion dejaron de funcionar. Aun asi las senales persistian, y venian de todas partes por igual. Todos los invasores estaban aqui. “No se puede llegar a otra conclusion. Ahora la Tierra esta rodeada, totalmente cubierta, por ondas de tipo radial que no tienen un punto de origen, que viajan incesantemente alrededor de la Tierra en todas las direcciones, cambiando de forma a voluntad. Esa forma actualmente sigue imitando las senales radiales originadas en la Tierra que les llamaron la atencion y las trajeron aqui. -Cree usted que era de una estrella que no podemos ver, o pudo haber sido realmente un mero punto en el espacio? -Quiza de un punto en el espacio. Y por que no? No son criaturas materiales. Si vinieron aqui desde una estrella, tiene que ser una estrella muy oscura para que nos resulte invisible, pues estaria relativamente cerca de nosotros… a solo veintiocho anos-luz, que es muy poco en terminos de distancias estelares. -Como puede usted saber la distancia? -Partiendo del muy razonable supuesto de que iniciaron el viaje cuando descubrieron nuestras senales de radio: la emision en codigo de Marconi hace cincuenta y seis anos, las eses intermitentes. Como esa fue la forma adoptada por los primeros en llegar, suponemos que iniciaron el viaje cuando encontraron esas senales. Las senales de Marconi, viajando a la velocidad de la luz, habrian llegado a un punto a veintiocho anos-luz de distancia hace veintiocho anos los invasores, viajando tambien a la velocidad de la luz, necesitarian el mismo tiempo para llegar hasta nosotros. “Como seria de esperar, solo los primero en llegar cobraron forma de codigo Morse. Los siguientes llegaron con la forma de otras ondas que encontraron y pasaron, o quizas absorbieron, en su viaje a la Tierra. Ahora estan vagando alrededor de la Tierra, como quien dice, fragmentos de los ultimos programas que se irradiaron, pero todavia no han sido identificados. -Profesor, puede usted describir a uno de esos invasores? -Tanto como puedo describir una onda de radio. De hecho, son ondas de radio, aunque no provengan de ninguna emisora. Son una forma de vida que depende del movimiento de las ondas, tal como nuestra forma de vida depende de la vibracion de la materia. -Tienen tamanos diferentes? -Si, en dos sentidos de la palabra tamano. Las ondas de radio se miden de cresta a cresta, medida que se conoce como longitud de onda. Como tos invasores cubren todo el espectro de recepcion de nuestros aparatos de radio y television es obvio que sucede una de dos cosas: o vienen en todos los tamanos cresta-a-cresta o cada cual puede cambiar su medida cresta-a-cresta para adaptarse a la sintonia de cualquier receptor. “Pero eso es solo en cuanto a la longitud cresta-a-cresta. En un sentido puede decirse que una onda de radio tiene una longitud general determinada por su duracion. Si una emisora irradia un programa que tiene una duracion de un segundo, una onda que lleva ese programa tiene un segundo-luz de longitud, unos 300.000 kilometros. Un programa de media hora continua esta, por asi decirlo, en una onda continua de media hora-luz de longitud, y asi sucesivamente. “Tomando esa forma de longitud, cada invasor varia en longitud desde unos miles de kilometros, una duracion de una pequena fraccion de segundo, hasta un millon de kilometros de longitud, una duracion de varios segundos. El fragmento continuo mas largo de cualquier programa que se haya observado ha sido de unos siete segundos. -Pero, profesor Helmetz, por que supone usted que esas ondas son seres vivientes, una forma de vida? Por que no meras ondas? -Porque si fueran “meras ondas” como dice usted, seguirian ciertas leyes, tal como la materia inanimada sigue ciertas leyes. Un animal puede trepar cuesta arriba, por ejemplo una piedra no puede hacerlo a menos que la impulse una fuerza externa. Estos invasores son formas de vida porque demuestran volicion, porque pueden cambiar de rumbo, y ante todo porque conservan su identidad dos senales nunca se confunden en el mismo receptor de radio. Se siguen una a otra pero no llegan simultaneamente. No se mezclan como lo harian normalmente las senales en la misma longitud de onda. No son “meras ondas”. -Diria usted que son inteligentes?. El profesor Helmetz se quito las gafas y las lustro pensativamente. -Dudo que alguna vez lo sepamos – dijo -. La inteligencia de tales seres, si existe, estaria en un plano tan distinto del nuestro que no habria un punto comun desde el cual iniciar una comunicacion. Nosotros somos materiales ellos son inmateriales. No existe un terreno comun a ambos. -Pero si tienen algun grado de inteligencia… -Las hormigas son inteligentes, en cierto modo. Llamelo instinto si quiere, pero el instinto es una forma de inteligencia al menos las capacita para realizar algunas de las cosas que la inteligencia las capacitaria para realizar. Aun asi no podemos establecer comunicacion con las hormigas, y es mucho menos probable que podamos establecer comunicacion con estos invasores. La diferencia generica entre la inteligencia de las hormigas y la nuestra no seria nada comparada con la diferencia generica entre la inteligencia de los invasores, si la tienen, y la nuestra. No, dudo que alguna vez nos comuniquemos. El profesor estaba en lo cierto. Jamas se llego a establecer comunicacion con los invasores. Las acciones de las companias radiales se estabilizaron en la bolsa al dia siguiente. Pero un dia despues alguien hizo al doctor Helmetz una pregunta crucial y los diarios publicaron su respuesta: -Reiniciar las emisiones? No se si alguna vez lo haremos. Por cierto no podremos hacerlo hasta que se vayan los invasores, y no tienen por que irse. A menos que la comunicacion radial sea perfeccionada en algun planeta lejano y sean atraidos hacia alla. “Pero al menos algunos de ellos regresarian en cuanto reiniciaramos las transmisiones. Las acciones de la radio y la television bajaron practicamente a cero en una hora. Sin embargo, no hubo escenas freneticas en centros financieros no hubo ventas freneticas porque no habia compras, ni freneticas ni de ninguna clase. Ninguna accion de las radios cambio de manos. Los empleados y actores de radio y television empezaron a buscar otro trabajo. Los actores no tuvieron problema en encontrarlo. Todas las demas formas de espectaculo florecian como nunca. -Van dos – dijo George Bailey. El barman le pregunto que queria decir. -No se, Hank. Es solo una corazonada. -Que clase de corazonada? -Ni siquiera se eso. Bateme otro de esos y luego me ire. La batidora electrica no funcionaba y Hank tuvo que batir la bebida a mano. -Buen ejercicio. Es justo lo que necesitas – dijo George -. Te quitara un poco de grasa: Hank gruno, y el hielo tintineo alegremente mientras el inclinaba la coctelera para servir el trago. George Bailey se tomo su tiempo para beberlo y luego salio a un chaparron de primavera. Se detuvo bajo el toldo y espero un taxi. Tambien habia un viejo esperando. -Que tiempo – dilo George. El viejo le sonrio. -Lo ha notado verdad? -Eh? Si he notado que? -Solo observe un rato, amigo. Solo observe un rato. El viejo siguio su camino. No pasaba ningun taxi vacio y George estuvo bastante tiempo alli hasta que se dio cuenta. Se le aflojo la mandibula. Luego cerro la boca y entro de nuevo en el bar. Fue a una cabina telefonica y llamo a Pete Mulvaney. Marco tres numeros equivocados hasta que al fin lo atendio Pete. -Habla George Bailey, Pete. Escucha, te has fijado en el tiempo? -Claro que si. No hay relampagos, y tendria que haberlos en una tormenta como esta. -Que significa, Pete? Los invasores? -Claro. Y esto es solo el comienzo si… – Un crujido en la linea le tapo la voz. -Eh, Pete, aun estas alli? El sonido de un violin. Pete Mulvaney no tocaba el violin. -Eh, Pete, que cuernos…? De nuevo la voz de Pete. -Ven aqui, George. El telefono no durara mucho tiempo. Trae… – Hubo un zumbido y luego una voz dijo -: …vengan a Carnegie Hall. Las mejores melodias vienen… George colgo bruscamente. Camino por la lluvia hasta la casa de Pete. En el camino compro una botella de whisky. Pete habia empezado a decirle que trajera algo y tal vez era eso. Era eso. Se sirvieron un trago cada uno y brindaron. Las luces fluctuaron brevemente, se apagaron, y luego se encendieron de nuevo pero con menos intensidad. -No hay relampagos – dijo George -. No hay relampagos y pronto no habra iluminacion. Estan aduenandose del telefono. Que hacen con los relampagos? -Supongo que los comen. Deben comer electricidad. -No hay relampagos – dijo George -. Demonios. Puedo arreglarme sin telefono, y las velas y las lamparas de aceite no alumbran mal… pero echare de menos los relampagos. Me gustan los relampagos. Demonios. Las luces se apagaron por completo. Pete Mulvaney bebio despacio en la oscuridad. Dijo: -Luz electrica, refrigeradores, tostadoras electricas, aspiradoras… -Tocadiscos automaticos – dijo George -. Piensalo, no habra que aguantarlos mas. No habra mas altoparlantes, ni… Oye, y las peliculas? -No habra peliculas, ni siquiera mudas. No puedes hacer funcionar un proyector con una lampara de aceite. Pero escucha, George, no habra automoviles… ningun motor de gasolina funciona sin electricidad. -Por que no, si usas una manivela en vez de conectar el arranque? -La chispa, George. Como crees que se produce la chispa? -Correcto. Tampoco habra aviones, entonces. Ni siquiera aviones de reaccion? -Bien, supongo que algunos aviones de reaccion podrian adaptarse a la falta de electricidad, pero no harias mucho con ellos. Un avion de reaccion tiene mas instrumentos que motor, y todos esos instrumentos son electricos. Y no puedes hacer volar ni aterrizar esos aviones por intuicion. -No habra radar. Pero para que lo necesitamos? No habra mas guerras en mucho tiempo. -Un tiempo demasiado largo. George se incorporo de golpe. -Oye, Pete, y la fision atomica? La energia atomica? Aun funcionara? -Lo dudo. Los fenomenos subatomicos son basicamente electricos. Te apuesto a que tambien pierden los neutrones sueltos. (Habria ganado la apuesta el gobierno no habia anunciado que una bomba A probada ese dia en Nevada se habia apagado con el siseo de un cohete mojado y que las pilas atomicas estaban dejando de funcionar.) George meneo la cabeza lentamente, intrigado. -Tranvias y autobuses – dijo -,transatlanticos… Pete, esto significa que volveremos a la fuente original de los caballos de fuerza. Los caballos. Si quieres invertir, compra caballos. Sobre todo yeguas. Una yegua reproductora valdra mil veces su peso en platino. -Correcto. Pero no olvides el vapor. Aun tendremos maquinas de vapor, estacionarias y moviles. -Claro, tienes razon. De nuevo el caballo de hierro para los viajes largos. Pero el noble bruto para los cortos. Sabes montar, Pete? -Sabia, pero creo que ya estoy un poco viejo. Me inclinare por una bicicleta. Oye, sera mejor que consigas una bicicleta manana a primera hora, antes que todos corran a comprarlas. Se que yo ire a comprar una. -Buen dato. Y yo solia ser buen ciclista. Sera magnifico sin autos que estorben. Y otra cosa… -Que? -Tambien comprare una corneta. Tocaba una cuando era chico y puedo empezar de nuevo. Y quiza luego me encierre en alguna parte y escriba esa nove… Oye, que pasara con la imprenta? -Se imprimian libros mucho antes de la electricidad, George. Llevara un tiempo readaptar la industria editorial, pero seguira habiendo libros. Gracias a Dios. George Bailey sonrio y se levanto. Camino hasta la ventana y observo la noche. La lluvia habia cesado y el cielo estaba limpio. Un tranvia estaba parado, sin luces, en medio de la calle. Un auto se detuvo, luego arranco mas despacio, se detuvo de nuevo los faros se opacaban rapidamente. George miro el cielo y bebio un sorbo de whisky. -No hay mas relampagos – dijo con tristeza -. Echare de menos los relampagos. El cambio fue menos violento de lo que nadie hubiera imaginado. El gobierno, en una sesion de emergencia, tomo la sabia decision de crear un comite con autoridad absolutamente ilimitada y debajo de el solo tres comites subsidiarios. El comite principal, llamado Secretaria de Readaptacion Economica, tenia solo siete miembros y su funcion era coordinar los esfuerzos de los tres comites subsidiarios y decidir, rapidamente y sin apelaciones, toda querella jurisdiccional entre ellos. El primero de los tres comites subsidiarios era la Secretaria de Transporte. Inmediatamente se hizo cargo, en forma temporaria, de los ferrocarriles. Ordeno que las maquinas Diesel fueran llevadas a vias laterales y abandonadas, organizo el uso de las locomotoras de vapor y resolvio los problemas creados por ferrocarriles sin telegrafia ni senales electricas. Luego decreto que se debia transportar: alimentos en primer lugar, luego carbon y fuel oil, y articulos manufacturados esenciales en el orden de su importancia relativa. Un cargamento tras otro de radios nuevas, cocinas electricas, refrigeradores y otros articulos inutiles fueron amontonados irrespetuosamente a lo largo de las vias para ser usados mas tarde como chatarra. Todos los caballos fueron declarados bajo proteccion gubernamental, clasificados de acuerdo con su capacidad, y puestos a trabajar o a reproducir. Los caballos de tiro eran usados solo para los acarreos mas esenciales. El programa de reproduccion recibio el mayor enfasis posible la secretaria estimo que la poblacion equina se duplicaria en dos anos, se cuadriplicaria en tres, y que en seis o siete anos habria un caballo en cada garaje del pais. Los granjeros, privados provisionalmente de sus caballos, y con los tractores oxidandose en los campos, recibieron instrucciones para usar bovinos para arar y otras faenas, incluyendo el acarreo de corta distancia. El segundo comite, la Secretaria de Reempleo Humano, funcionaba tal como uno deduciria del titulo. Otorgaba beneficios por desempleo a los millones privados temporariamente de trabajo y contribuia a reemplearlos, una tarea no tan dificil teniendo en cuenta el gran incremento de la demanda de mano de obra en muchos campos. En mayo de 1957 habia treinta y cinco millones de desocupados en octubre, quince millones en mayo de 1958, cinco millones. En 1959 la situacion estaba totalmente dominada y la demanda competitiva ya empezaba a elevar los salarios. El tercer comite tenia la funcion mas dificil de los tres. Se llamaba Secretaria de Readaptacion de las Fabricas. Encaraba la tremenda tarea de convertir fabricas llenas de maquinas operadas por electricidad y, en su mayoria, adaptadas para producir otras maquinas operadas por electricidad, para la produccion, sin electricidad, de articulos esencialmente no electricos. Las pocas maquinas de vapor estacionarias disponibles trabajaban las veinticuatro horas en esos primeros dias, y lo primero que se les encomendo fue la activacion de los tornos, estampadores, cepillos mecanicos y molinos que trabajaban para fabricar mas maquinas de vapor estacionarias de todos los tamanos. Estas, a su vez, fueron puestas a trabajar para fabricar aun mas maquinas de vapor. El numero de maquinas de vapor crecio exponencialmente, tal como el numero de caballos. El principio era el mismo. Uno podria, y muchos lo hicieron, referirse a esas primeras maquinas de vapor como a sementales. Al menos, no faltaba metal para fabricarlas. Las fabricas estaban llenas de maquinaria no convertible que esperaba para ser fundida. Solo cuando las maquinas de vapor – base de la nueva economia fabril – estuvieron en plena produccion, fueron asignadas a la maquinaria destinada a manufacturar otros articulos: lamparas de aceite, ropas, cocinas de carbon, cocinas de petroleo, baneras, y camas. No todas las grandes fabricas fueron convertidas. Pues mientras continuaba el periodo de conversion, las artesanias individuales se desarrollaron en miles de lugares. Pequenos talleres de uno o dos operarios fabricaban y reparaban muebles, zapatos, velas, todas las cosas que podian hacerse sin maquinaria compleja. Al principio esos pequenos talleres hicieron pequenas fortunas porque no tenian competencia de la industria pesada. Mas tarde, compraron pequenas maquinas de vapor para impulsar pequenas maquinas y sobrevivieron, creciendo con el florecimiento causado por la normalizacion del empleo y el poder adquisitivo, expandiendose gradualmente hasta que muchos de ellos rivalizaron con las fabricas mas grandes en productividad y las superaron en calidad. Durante el periodo de readaptacion economica hubo sufrimiento, pero menos del que habia habido durante la gran depresion de la decada del treinta. Y la recuperacion fue mas rapida. La razon era obvia: al combatir la depresion, los legisladores trabajaban en la oscuridad. No conocian la causa – mejor dicho, conocian mil teorias conflictivas sobre la causa – y no conocian el remedio. Los trababa la idea de que el problema era temporario y se solucionaria por si solo si no intervenian. En pocas palabras, no sabian de que se trataba, y mientras ellos experimentaban el fenomeno cobraba proporciones gigantescas. Pero la situacion que enfrentaba el pais, y todos los demas paises en 1957, era nitida y obvia. No habria mas electricidad. Habia que volver al vapor y la traccion a sangre. Era asi de sencillo y, claro, y no habia peros ni alternativas. Y toda la gente – excepto los chiflados de siempre – respondio. En 1961… Era un lluvioso dia de abril y George Bailey esperaba bajo el techo de la pequena estacion de ferrocarril de Blakestown, Connecticut, para ver quien vendria en el de las 3:14. Entro a las 3:25 y freno entre bufidos, tres vagones de pasajeros y uno para el equipaje. La portezuela del vagon de equipajes se abrio. Descargaron una bolsa de correspondencia y la portezuela se cerro de nuevo. No habia equipaje, de modo que quiza no hubiera pasajeros. De pronto, al ver a un hombre alto y moreno que bajaba del estribo del ultimo vagon, George Bailey solto un hurra de alegria. -Pete! Pete Mulvaney! Que diablos…? -Bailey, por todos los cielos! Que haces aqui? George aferro la mano de Pete. -Yo? Yo vivo aqui. Hace dos anos. Compre el Blakestown Weekly en el 59, por una bicoca, y me hice cargo… redactor, reportero y ordenanza. Tengo un impresor que me ayuda con esa parte, y Maisie se encarga de las noticias sociales. Ella es… -Maisie? Maisie Hetterman? -Ahora es Maisie Bailey. Nos casamos cuando compre el diario y nos mudamos aqui. A que has venido, Pete? -Viaje de negocios. Solo pasare la noche. Debo ver a un tal Wilcox… -Ah, Wilcox. Nuestro excentrico local… pero no me interpretes mal es un individuo bastante listo. Bien, podras verlo manana. Ahora vendras conmigo. Cenaras y dormiras en casa. Maisie se alegrara de verte. Vamos, tengo el carro afuera. -Claro. Has terminado can el asunto que te traia aqui? -Si. Solo venia a enterarme de quien llegaba en el tren. Y has llegado tu, asi que vamos. Subieron al carro, y George empuno las riendas y azuzo a la yegua: -Vamos, Bessie. – Luego pregunto: – Que haces aqui, Pete? -Investigo. Para una compania de gas. Estuve trabajando en una gasa incandescente mas eficaz, que dara mas luz y sera menos destructible. El tal Wilcox nos escribio que tenia algo en esa linea la compania me envio a echarle un vistazo. Si tiene lo que el dice, lo llevare conmigo a Nueva York y dejare que los abogados de la compania se arreglen con el. -Como andan los negocios, por lo demas? -Muy bien, George. Gas, esa es la clave ahora. En cada casa nueva se instalan canerias para eso, y en muchas de las viejas. Que cuentas tu? -Nos va bien. Por suerte teniamos una de esas viejas linotipias que fundia los tipos con un mechero de gas, de modo que la instalacion ya estaba hecha. Y nuestra casa esta encima de la oficina y el taller, de modo que solo tuvimos que prolongar las canerias hacia arriba. El gas es grandioso. Como anda Nueva York? -Bien George. Ha llegado a tener un millon de habitantes, y se ha estabilizado alli. No hay apinamiento y sobra lugar para todos. El aire… vaya, es mejor que Atlantic City, sin el humo de los escapes. -Aun hay suficientes caballos? -Casi. Pero lo que esta de moda es la bicicleta las fabricas no alcanzan a cubrir la demanda. Hay un club de ciclistas en casi todas las cuadras, y los que estan fisicamente capacitados van y vienen del trabajo en bicicleta. Les hace bien, ademas en pocos anos los medicos estaran en apuros. -Tu tienes una bicicleta? -Claro, una anterior a la invasion. Hago un promedio de siete kilometros diarios en ella, y como igual que un caballo. George Bailey rio. -Dire a Maisie que incluya un poco de heno en la cena. Bien, aqui estamos. Alto, Bessie. Arriba se abrio una ventana, y Maisie se asomo y miro hacia abajo. -Hola, Pete! – saludo. -Un plato extra, Maisie – dijo George -. Subiremos pronto, en cuanto guarde la yegua y le muestre a Pete la planta baja. Cuando salieron del establo, hizo entrar a Pete por la puerta trasera del taller. -Nuestra linotipia! – anuncio orgullosamente, senalandola. -Como funciona? Donde esta tu maquina de vapor? George sonrio. -Aun no funciona todavia ponemos los tipos a mano. Solo pude conseguir una maquina de vapor y tuve que usarla para imprimir. Pero he mandado pedir una para la linotipia, y llegara en un mes. Cuando la tengamos, Pop Jenkins, mi impresor, me ensenara a manejarla y se quedara sin trabajo. Con la linotipia en marcha, puedo encargarme de todo personalmente. -No es duro para Pop? George meneo la cabeza. -Pop espera ese dia con ansiedad. Tiene sesenta y nueve anos y quiere jubilarse. Se quedara solo hasta que yo pueda arreglarme sin el. Aqui esta la imprenta… una pequena Miehle, una joya y la hacemos trabajar bastante. Y aqui al frente tienes la oficina. Desordenada, pero eficaz. Mulvaney echo una mirada y sonrio. -George, creo que has encontrado tu vocacion. Tenias pasta para editor de pueblo. -Pasta? Me enloquece hacerlo. Me divierto mas que nadie. Creaslo o no, trabajo como un perro y me gusta. Ven arriba. En la escalera, Pete pregunto: -Y la novela que ibas a escribir? -A medio terminar, y no esta mal. Pero no es la novela que iba a escribir entonces era un cinico. Ahora… -George, creo que los ondulantes fueron tus mejores amigos. -Ondulantes? -Dios mio, cuanto tardan las palabras nuevas en llegar de Nueva York al campo? Los invasores, desde luego. Un profesor cuya especialidad es estudiarlos describio a uno de ellos como un lugar ondulante en el eter, y “ondulante” prendio en el publico… Que tal, Maisie. Luces esplendida. Comieron lentamente. Casi disculpandose, George le trajo cerveza, en botellas frias. -Lo lamento, Pete, no tengo nada mas fuerte para ofrecerte. Pero ultimamente no he bebido. Supongo… -Tu estas abstemio, George? -No exactamente abstemio. No hice un juramento ni nada por el estilo, pero hace casi un ano que no bebo ningun licor fuerte. No se por que, pero… -Yo se – dijo Pete Mulvaney -. Yo se exactamente por que no bebes… porque yo no bebo mucho tampoco, por la misma razon. No bebemos porque no hay por que beber… Oye, eso no es una radio? George rio. -Un recuerdo. No la venderia por nada del mundo. De vez en cuando me gusta mirarla y pensar en el palabrerio horrible que yo inventaba para ella. Y luego me acerco, muevo la perilla y no hay nada. Solo silencio. A veces el silencio es lo mas maravilloso del mundo, Pete. Claro que no podria hacer eso si hubiera un poco de electricidad, porque entonces habria invasores. Supongo que la situacion sigue siendo la misma. -Si, la Secretaria de Investigacion revisa diariamente. Tratan de obtener corriente con un pequeno generador activado por una turbina de vapor. Pero no hay caso los invasores la absorben en cuanto es generada. -Suponen que ellos se iran? Mulvaney se encogio de hombros. -Helmetz piensa que no. Piensa que se propagaran en proporcion con la electricidad disponible. Aun si el desarrollo de la emision de radio en otra parte del universo los atrajera hacia alli, algunos se quedarian aqui… y se multiplicarian como moscas en cuanto intentaramos usar de nuevo la electricidad. Entretanto viven de la electricidad estatica del aire. Que hacen aqui en la noche? -Que hacemos? Leemos, escribimos, nos visitamos, vamos a los grupos de aficionados… Maisie es presidenta de los Actores de Blakestown, y yo hago pequenos papeles. Al no haber cine todo el mundo se interesa en el teatro y hemos descubierto verdaderos talentos. Y esta el club de damas y ajedrez, y los viajes en bicicleta y los picnics… el tiempo no alcanza para todo. Por no mencionar la musica. Todo el mundo toca un instrumento, o lo intenta. -Tu? -Claro, la corneta. Primera corneta de la Silver Concert Band, con partes solistas. Y… cielos! Esta noche hay ensayo, y damos un concierto el domingo a la tarde. Lamento dejarte, pero… -Puedo ir y participar? Tengo mi flauta en el maletin, y… -Flauta? Nos faltan flautas. Traela y Perkins, nuestro director, practicamente te obligara a quedarte para el concierto del domingo… Y solo faltan tres dias, asi que por que no? Traela ahora mismo tocaremos algunas viejas melodias para entonamos. Eh, Maisie, deja esos platos y ven a acompanarnos con el piano! Mientras Pete Mulvaney iba al cuarto de huespedes a sacar su flauta del maletin, George Bailey tomo su corneta de la tapa del piano y soplo unas notas suaves y planideras. Un sonido perfecto tenia los labios en buena forma esa noche. Y con ese objeto brillante y plateado en la mano se acerco a la ventana y se puso a mirar la noche. Afuera oscurecia y habia cesado la lluvia. Un brioso caballo paso al trote y se oyo el timbre de una bicicleta. Enfrente alguien rasgueaba una guitarra y cantaba. George inhalo profundamente y solto el aire despacio. El olor de la primavera era suave y dulce en el aire humedo. Paz y atardecer. Un trueno rodando a lo tejos. Demonios, penso, si tan solo hubiera unos relampagos. Echaba de menos los relampagos. =================================================================

Mensaje escrito por GABULLS el 30/11/2017 07:57:56 am - Puntaje: 17 
Soul Flyers es un pequeño equipo de locos que se dedican al paracaidismo extremo: vuelo libre, salto BASE, vuelo con traje aéreo… y toda clase de locura acrobática en el aire. En este video saltan desde una altura de 4000 metros, planean un rato con sus trajes especiales y luego logran entrar por la puerta de una avioneta a casi 150 km/h... tremendo: [youtube]YL9sNrOlK-I[/youtube]

Mensaje escrito por GABULLS el 07/03/2018 05:17:31 pm - Puntaje: 17 
Siempre tan responsable esta señora!! http://www.infobae.com/politica/2018/03/07/cristina-kirchner-presento-un-proyecto-de-ley-para-que-n
o-pueda-ser-funcionario-quien-tenga-una-cuenta-en-un-paraiso-fiscal/ La senadora Cristina Kirchner presentó un proyecto en el Congreso con el objetivo de que cualquier persona que tenga cuentas o participe en sociedades radicadas o ubicadas en bancos en paraísos fiscales no podrá asumir cargos públicos. En lo que sería el primer proyecto presentado por Cristina Kirchner desde que volvió al Congreso en diciembre, la propuesta sostiene que quienes quieran estar a cargo de un ministerio o dirigir, administrar, representar, patrocinar, asesorar, prestar servicios o tener algún tipo de participación en sociedades (…) constituidas en el exterior y que se encuentren radicadas en un paraíso fiscal. Presentamos un proyecto de ley para ponerle un freno al festival de sociedades offshore y cuentas en paraísos fiscales en que se ha convertido el gobierno de Cambiemos. La mayoría del Gabinete está involucrado en los escándalos internacionales de Panamá Papers y Paradise Papers y el caso del ministro de Finanzas y endeudador serial Luis Caputo es uno de los más obscenos, aseguró Cristina Kirchner. La senadora además destacó que sin embargo, la gota que rebalsó el vaso fue la designación de un especialista internacional en lavado de dinero y evasión impositiva al frente de la AFIP, quien además tiene toda su plata en el exterior. Estas estructuras financieras podrían haber sido utilizadas para blanquear fondos del lavado de dinero y del narcotráfico a escala global, delitos perseguidos en el mundo entero y que preocupan a los organismos internacionales, incluido el G20 que se reunirá en nuestro país, detalló la ex mandataria. En ese sentido, la ex Ppesidente dijo que como consecuencia de maniobras de evasión impositiva de empresas multinacionales que se canalizan en estas guaridas fiscales –la mayor parte de este dinero no está declarado-, solo en el año 2016 Argentina dejó de recaudar 21.406 millones de dólares (4,4% de su PBI). Por eso creemos que ninguna persona que tenga una cuenta o una sociedad offshore puede ser funcionario público en ninguno de los tres poderes del Estado.. [link]http://drive.google.com/file/d/1hgQMZR61xTE6rPlxVS1YTijz3-HL82Re/view[/link][anchor_text]PDF con el proyecto completo de la noble senadora nacional...[/anchor_text]